Lucía abrió los ojos y se incorporó en la cama un poco desorientada. Observó su alrededor con la ayuda de los rayos del sol que se colaban por las rendijas de la persiana y enseguida se acordó de dónde se encontraba. Sin duda aquel no era un lugar especial, ni siquiera era bonito, pero para ella era más que suficiente. Giró despacio la cabeza y allí, durmiendo plácidamente a su lado, vio a Esteban. A sus ochenta y ocho años, y tras más de sesenta juntos, el que su cara fuese lo primero que veía cada mañana al despertar, hacía que cualquier lugar le pareciera el más mágico del mundo.

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