El tesoro impensado

En pleno corazón de la Península Ibérica, se extiende una inmensa finca que huele a olivos, vino y cereales. Dicho terreno está presidido por un castillo medieval que, en pleno siglo XXI, fue testigo del extraordinario suceso que aquí se relata…

Hacía pocas semanas que Adrián había comenzado a trabajar en la finca. Una mañana, mientras recorría la parte más alejada del bosque que rodea el castillo, descubrió por casualidad una pequeña planta que crecía solitaria entre los altos árboles: tenía un tronco fino pero retorcido y unas hojas grandes y dentadas de un color naranja brillante. Permaneció un rato en silencio, observándola y preguntándose cómo habría ido a parar allí. Sabía de qué tipo de planta se trataba pero el color de sus hojas no se parecía en nada al verde de las demás de su especie. Repasó con la mirada el espacio que le rodeaba: todo parecía normal, excepto por los restos de una vasija de barro que se confundían con la tierra un poco más adelante. Tras mucho pensar, el muchacho llegó a la conclusión de que una semilla debía de haber caído por casualidad en ese punto y, como nadie se había percatado, había crecido de forma descontrolada. También supuso que el color de sus hojas se debía a la falta de luz. Adrián giró sobre sus talones y regresó al trabajo, dejando la planta donde estaba pero llevándose con él la curiosidad que se había despertado en su interior.

Unos días después, el joven regresó junto a la planta y ya no pudo separarse de ella. Cada jornada, durante su tiempo de descanso, acudía al recóndito rincón del bosque para cuidar de la pequeña cepa: la mimó, la podó cuando fue necesario, quitó las hojas que impedían que el sol llegase hasta ella y vio cómo poco a poco crecía, convirtiéndose en una planta fuerte y robusta. Tras muchos meses de dedicación, en las ramas de la vid empezaron a brotar unas pequeñas flores que pronto se convertirían en jugosos frutos. Sin embargo, algo iba mal: su color no era normal. No eran verdes y ni siquiera poseían un tono azulado; más bien se podía decir que eran del color del oro. El muchacho se entristeció al comprobar que todo aquel trabajo había sido en vano. Tantas horas invertidas en la planta, tantas caminatas secretas para cultivar unos frutos que al final no eran lo que él esperaba. Quizás aquello no era más que una planta silvestre; tal vez su madre tenía razón cuando le decía que su afición por la agricultura y por la enología no le llevarían a ningún sitio y que debía sentar la cabeza y buscar un trabajo serio. Adrián, disgustado, se alejó de la planta y no volvió a visitarla durante algún tiempo.

Sin embargo, una tarde, sin saber cómo, sus pies le condujeron de nuevo hasta la cepa. Cuando llegó, comprobó sorprendido que los frutos tenían ya la forma y la textura de una uva lo suficientemente madura para ser recolectada. Una ola de orgullo le recorrió todo el cuerpo hasta que el pesimismo la derribó como lo hace el acantilado con las olas saladas del mar. ¿Para qué iba a recogerlas si no iban a servir para otra cosa que para terminar en el cubo de la basura? Por su color, apostaba a que tenían un sabor bastante agrio. Aun así, no fue capaz de resistirse y, cuando se dio cuenta, su mano había arrancado ya una de aquellas extrañas uvas y la había depositado en su boca. Adrián paladeó desconfiado, pero enseguida quedó impresionado por la suavidad de la piel del fruto. Después, lo machacó entre sus muelas y todo un abanico de aromas y sabores dulces embriagó sus sentidos. Jamás había probado algo tan delicioso.

Emocionado por su descubrimiento, recogió un par de racimos en un cubo pequeño y corrió hacia las bodegas, donde sus compañeros estaban trabajando. Sin decir ni una sola palabra, fue introduciendo una uva en la boca de cada uno de ellos. Después permaneció quieto, observándoles nervioso, mientras esperaba a que reaccionaran. Las caras de los demás no dejaban lugar a dudas, estaban disfrutando de aquella experiencia tanto como lo había hecho él.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó una mujer menuda que continuaba relamiéndose los labios.

Adrián les explicó con todo lujo de detalles la historia de cómo había encontrado la solitaria planta y la había cuidado hasta conseguir que diera frutos. También les mostró el color tan extraño que poseían sus uvas y esperó ansioso a que alguien propusiera la idea que le rondaba la cabeza desde hacía un rato. Al ver que nadie se atrevía a decir las palabras mágicas, decidió dar él mismo el paso.

—¿Creéis que podríamos probar a hacer vino? —propuso, con decisión.

Algunos de sus compañeros tomaron aquella propuesta como una muestra de soberbia por parte del joven mientras que otros la aceptaron con ilusión. Pero enseguida unos y otros se dieron cuenta de que había un problema: no eran ellos quienes debían tomar una decisión como esa. Adrián asintió ante el nuevo obstáculo y se dirigió hacia el despacho del jefe, con sus uvas doradas preparadas para sorprenderle.

Mientras esperaba a que le dieran permiso para entrar en el despacho, el joven se devanaba los sesos tratando de decidir cuál era la mejor manera de presentar a su jefe la idea. La elaboración del vino no era cosa de un rato, se trataba de un proceso artesanal bastante largo y tedioso, así que su jefe no iba a permitir parar la producción para satisfacer el capricho de un novato.

Cuando la voz severa del jefe le indició que podía pasar, todavía no había decidido cómo iba a llevar a cabo su exposición, así que no le quedó más remedio que improvisar sobre la marcha. Sin siquiera tomar asiento, Adrián comenzó a hablar. Las palabras salían atropelladamente de su boca, explicando la historia de las misteriosas uvas como si no fuera capaz de detenerse hasta que lo hubiera soltado todo. Mientras tanto, la mueca de su superior se fue transformando desde un rictus serio hasta una cómica sonrisa que terminó en una sonora carcajada provocada por la actitud ingenua e ilusionada del muchacho.

—Bueno, si de verdad quieres convencerme, tendrás que demostrarme lo impresionantes que son esas uvas tuyas —dijo el hombre, recobrando el gesto severo.

Adrián depositó el cubo sobre la mesa e hizo un gesto para invitar al jefe a que las probase. El hombre se inclinó en la silla para tomar el único racimo que conservaba la mayoría de sus uvas. Lo observó atentamente, maravillándose con sus tonos dorados. A continuación palpó los frutos y se los acercó a la nariz para aspirar su aroma. Finalmente, tomó una de las uvas y se la llevó a la boca. Mantuvo su mueca seria mientras paladeaba la fruta y Adrián, nervioso, se retorcía las manos sudorosas.

—¿Y cómo has dicho que es de grande tu cepa? —preguntó por fin el hombre.

—Pues bastante grande, señor —respondió Adrián con educación—. Cuando la encontré aún era una plantita débil pero durante todos estos meses ha crecido mucho.

—No me gusta que hayas hecho todo esto sin consultarlo con tus compañeros. Aquí todos trabajamos en equipo —le reprendió el superior.

—Lo sé, señor. Lo siento. Pero tenía miedo de que arrancaran la planta sin darle una oportunidad —se excusó el muchacho, perdiendo toda esperanza—. Le aseguro que no he descuidado mi trabajo nunca, señor. Me he encargado de la planta sólo en mis ratos libres.

—Bien —respondió el otro, llevándose una nueva uva a la boca—. ¿Y crees que podrías llenar una caja?

—Creo que sí, señor —contestó Adrián, empezando a entusiasmarse de nuevo—. Tiene unos racimos bastante hermosos.

—De acuerdo entonces, Adrián. Quiero que dejes todo lo que tengas que hacer hoy y vayas con tu compañera Ana a vendimiar. Mañana mismo nos dispondremos a comprobar qué clase de caldo producen estas uvas doradas.

Adrián comenzó a dar saltos por el despacho y estrechó con ímpetu la mano de su superior.

—¡Gracias señor! Ahora mismo voy —dijo, antes de salir corriendo en busca de su compañera.

Tras el largo proceso de elaboración, por fin llegó el día de sacar el vino de la barrica y probarlo. Todo el equipo acudió al acontecimiento, nadie quería perdérselo. Lo primero que pudieron percibir fue el color del vino, que era similar al oro líquido. Adrián hizo los honores de servirlo en las copas y todos ellos comenzaron la cata. Su textura era sedosa y el olor tan dulce que desprendía no era comparable con nada. Y el sabor… era indescriptible, ninguno de ellos había probado nunca nada parecido. Sin duda, aquel era el vino más delicioso que habían degustado nunca. Todos, entusiasmados y sintiéndose afortunados por el descubrimiento, brindaron con el mejor vino que se había producido nunca.

En seguida, la noticia del vino dorado corrió como la pólvora y fueron muchos los que se interesaron por aquel extraordinario manjar. Durante los siguientes meses intentaron una y otra vez sembrar nuevas cepas de uva dorada, pero todos los esfuerzos fueron en vano, aquella planta era única e irrepetible. Por ello, se le concedió una atención incomparable: Adrián fue nombrado su protector y dedicaba todos sus esfuerzos a cuidarla con pasión y mimo. La producción de uvas continuó a un ritmo fantástico y, a pesar de tratarse de una sola planta, era capaz de dar los racimos suficientes para poder embotellar unas pocas decenas de litros cada año. Este caldo dorado era destinado a los clientes más selectos de la bodega y, por supuesto, cinco de aquellas botellas eran siempre cedidas a Adrián, que no dudaba en compartirlas con sus compañeros.

Los beneficios derivados de aquel líquido dorado llegaron pronto, permitiendo llevar a cabo nuevos proyectos turísticos en la finca. Muchas y muy variadas fueron las leyendas que surgieron sobre la aparición de aquella cepa «mágica» pero nunca nadie supo con certeza cuál era su verdadera historia…

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Amor de verano

1.

–Bueno… ¿qué es eso tan importante que tenías que contarme? –me pregunta Tamara, en cuanto el camarero se retira después de habernos servido un par de cervezas y un platito de aceitunas.

Tamara es mi mejor amiga desde que nos conocimos en la universidad. Quizá puede parecer extraño e incluso algunos pensarán que algo así no puede funcionar, pero me encanta que sea una chica; de este modo siempre puede darme un punto de vista que yo no tengo.

–He conocido a una chica –le suelto, tratando de contener una risita que lucha por escaparse–. Bueno, en realidad, creo que me he enamorado.

Ella me observa con los ojos muy abiertos mientras una enorme sonrisa se dibuja en sus labios.

–¡¿De verdad?! –pregunta, a la vez que acerca su silla un poco más a la mía–. ¡Cuéntamelo todo, pero ya!

Siento que me estoy ruborizando y que las manos me sudan. A mis casi treinta años no he tenido demasiadas experiencias amorosas y Tamara lo sabe. Doy un trago largo a la cerveza y carraspeo antes de comenzar la historia:

“Estábamos una tarde en la piscina del hotel y se nos acercó un grupo de chicas. Bueno, un grupo de niñas de veinte años, más bien. Ya sabes cómo son mis amigos –Tamara pone los ojos en blanco, haciéndome saber que ha entendido a lo que me refiero–. Así que de repente estábamos los dos grupos compartiendo tumbonas y bebiendo mojitos. No hace falta que te cuente cómo terminó todo, supongo –ella niega con la cabeza–. Vale, pues yo no estaba nada cómodo y me fui a nadar un rato. Sin embargo, no pude dar ni dos brazadas porque una de las chicas se pegó a mí como una lapa. Empezó a contarme su vida, a abrazarme y a ponerme las tetas en la cara. Literalmente, porque iba en topless –Tamara suelta una carcajada y arquea las cejas ante tal aseveración–. Cuanto más intentaba quitármela de encima, más pesada se ponía.”

–Pobrecito… Una veinteañera en topless le hace cariñitos y él solo sufre –comenta Tamara con tono burlón.

–Ja, ja. Muy graciosa –le respondo, haciéndole ver que estoy molesto. Ella se ríe y me indica con un gesto que siga con el relato.

“En un nuevo intento de huir de ella, me acerqué al bordillo para salir de la piscina, con la excusa de que tenía frío. Allí estaba sentada una chica que se reía a carcajadas, pero no la presté atención. Mientras salía del agua, la oí hacer un comentario bastante desagradable sobre lo que me acababa de pasar, así que me volví hacia ella para plantarle cara.

–¿Te crees muy graciosa? –le pregunté bastante enfadado.

Ella se levantó y se detuvo frente a mí, a escasos centímetros. Se quitó las enormes gafas de sol que llevaba puestas y me miró con sus ojos azules. Era preciosa. Tenía la piel morena y el pelo oscuro y llevaba puesto un bikini amarillo diminuto. Me quedé totalmente embobado, no sabía qué hacer ni qué decir. Ni siquiera era capaz de apartar los ojos de ella. Te puedo asegurar que en ese mismo instante se me pasaron todas las ganas de discutir. Hubiera pasado el resto de mi vida allí de pie, mirándola y sintiéndola tan cerca que casi podía rozarla.

Me respondió con un frío sí y me sostuvo la mirada, sabiendo perfectamente que resultaba irresistible para cualquiera. Eso me hizo volver en mí; no soporto a la gente que se cree superior. Entonces nos pusimos a discutir a gritos hasta que… ¡Atención! ¡Me mandó a la mierda y se fue de allí toda ofendida! ¡Ella! ¡Pero si había sido precisamente ella quién había empezado todo!

Lo peor es que mientras se alejaba, volví a quedarme allí, embobado, contemplando cómo se movía al caminar. Parecía una diosa.”

Llegados a este punto, Tamara comienza a reírse a carcajadas. Lo admito, contado así, la historia resulta un poco cómica.

–¿Y eso fue todo? ¿Esa es la chica a la que has conocido en las vacaciones? ¡Pues qué desilusión! Sinceramente, me esperaba otra cosa –me dice, algo defraudada.

–¡Mira que eres impaciente! Si no te gusta la historia, dejo de contártela –le respondo, tomándome la revancha.

Tamara muerde una aceituna y me hace un gesto para que sepa que no volverá a abrir la boca. Entonces continúo:

“Esa misma noche, teníamos pensado salir de discotecas. Después de cenar en el hotel, subí a la habitación porque se me había olvidado la cartera y, por una extraña broma del destino, me encontré con ella en el ascensor. Estaba aún más preciosa que en la piscina. Apenas podía respirar y las manos comenzaron a sudarme. El corazón me empezó a latir tan fuerte y tan deprisa que temí que ella pudiera oírlo. Tosí, en un intento de aplacar el tamborileo de los latidos. Traté de poner cara de pocos amigos y recé todas las oraciones que sabía para que el ascensor llegara a mi piso lo antes posible.

Cuando por fin llegamos me bajé a toda prisa, sin siquiera esperar a que las puertas se abrieran del todo. Para mi sorpresa, ella también fue a salir del ascensor pero debió tropezarse y acabé tumbado en el suelo con ella encima. Nuestros cuerpos completamente juntos y su cara a escasos centímetros de la mía. Olía tan bien…

Estaba a punto de morirme de un ataque de nervios cuando, de pronto, sentí sus labios en los míos. Eran carnosos y dulces. Respondí a su beso y nos quedamos allí un rato, besándonos y acariciándonos como dos adolescentes. Después nos cogimos de la mano y nos fuimos a mi habitación. Nos seguimos besando, abrazando y al final terminamos en la cama. Fue una noche increíble.

No te puedes imaginar lo que sentí cuando me desperté al día siguiente y la vi allí, tumbada a mi lado. Pedí el desayuno al servicio de habitaciones y la desperté acariciándole la espalda desnuda. De verdad, fue mágico.”

–¡Me alegro muchísimo por ti! –exclama Tamara–. ¿Y ahora qué vais a hacer?

–Esa es la parte mala de la historia –respondo, perdiendo la euforia anterior–. A mí me encantaría volver a verla. Desde entonces no he podido dejar de pensar en ella ni un solo minuto. Creo que nunca antes había sentido nada parecido por nadie. Con ella todo ha sido especial. El problema es que no nos acordamos de darnos los teléfonos, ni los correos, ni nada. Su autobús salía ese mismo día por la mañana y cuando se dio cuenta se fue a toda prisa para no perderlo…

En ese momento, Tamara se levanta de la silla, haciendo un ruido infernal al arrastrarla, y da un manotazo a la mesa.

–¡¿Que no os acordasteis?! ¡¿En qué narices estabas pensando?! –me grita, sin importarle que estemos sentados en una terraza de un bar en plena calle.

La cojo del brazo y la obligo a volver a sentarse.

–En ese momento estaba en una nube –trato de explicarle–. Te prometo que no fui consciente de que la estaba perdiendo. Nos despedimos como se despide una pareja que se va a ver dentro de un rato y cuando cerró la puerta me quedé tumbado en la cama, recordando cada detalle de aquella noche. Solo unas horas después empecé a ser consciente de que había metido la pata. Y desde entonces no paro de torturarme pensando en que fui un estúpido. Estoy seguro de que ella estaba esperando a que se lo pidiera yo y ahora pensará que soy el típico tío que va a lo que va y no le interesa nada más.

Lo reconozco, decirlo en voz alta ha sido extremadamente doloroso. Es como si al habérselo contado a alguien, aquella parte de la historia se hubiera hecho completamente real. No sé si me explico pero, después de contárselo a Tamara, por primera vez siento que de verdad he perdido para siempre a la mujer de mi vida.

Mi amiga me observa y pone su mano sobre la mía. Es su modo de hacerme saber que está ahí para lo que necesite. Creo que no sabe qué decirme.

–No puedes rendirte tan deprisa –al final se decide a hablar–. Tienes que aprovechar cualquier mínimo dato que tengas. A ver, ¿qué es lo que sabes?

–Su nombre –respondo, dándome cuenta de que de ahí no hay por donde tirar.

–Vale –responde Tamara mientras coge una servilleta y saca un boli del bolso–. Tenemos su nombre, el hotel en el que ha estado alojada y la fecha en la que lo dejó. Sabemos las discotecas que hay por aquella zona. Y también creemos que volvió a casa en autobús. ¡Las redes sociales son una mina teniendo estos datos!

En solo un minuto, Tamara ha pasado de compadecerme silenciosamente a un estado de algo parecido a la euforia. La observo confuso. La verdad es que no tengo muchas esperanzas en su teoría y creo que ella se da cuenta porque enseguida cambia la expresión de su rostro y se pone muy seria.

– Venga, Raúl, no me digas que ni siquiera vas a intentarlo…

Vuelvo a mirarla y percibo un ápice de decepción en sus ojos. Quizá tiene razón. Por intentarlo no pierdo nada y puede que suceda un milagro y consiga dar con ella. De hecho, haría cualquier cosa que estuviese en mi mano por volver a ver aquella mirada azul y besar aquellos labios dulces. Sonrío y sacudo la cabeza. Una vez más, Tamara me ha convencido. Ella también sonríe. Llama al camarero y pide la cuenta.

–Mantenme informada de cualquier cosa que descubras, ¿eh? –me dice cuando nos despedimos.

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