En cuanto el sonido de la puerta anunció la marcha de su marido, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño. Se aseó, cepilló con cuidado su melena y aplicó un poco de color a sus mejillas. Después, caminó con premura hacia la cocina, puso en marcha la cafetera y se sentó en uno de los taburetes. Alisó con las manos su camisón blanco de seda y encendió la radio. Escuchó embelesada cómo aquella voz grave y seductora daba los buenos días, mientras notaba cómo su corazón golpeaba con fuerza su pecho. Suspiró… como cada mañana.

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *