Otra tarde más allí sentado. Los dedos de sus pequeños pies dibujaban ondas en el agua cuando los movía. Era un juego un poco tonto, pero con algo había que distraerse, claro.
Debía tener paciencia, ya lo sabía. Aquella no era una tarea de un día. Tenía que esperar, esperar y esperar. Paciencia, paciencia. Si no era hoy, ya sería mañana.
Pero entonces… algo golpeó su tobillo.
¿Sería posible?
Mira que ya le habían gastado varias bromas… Entre los peces, alguna que otra hoja marchita y su propia imaginación, el pobre no ganaba para sobresaltos. Pero esta vez… parecía tan real.
De todos modos, tomó aire antes de asomarse. Para calmarse un poco, ya sabes. Pero, cuando bajó la vista, comprobó que sí. Que esta vez sí.
Se dobló un poco más para alcanzar la botella. Sacó el corcho. Golpeó los laterales del vidrio para acercar el papel al cuello y después lo extrajo con los dedos con mucho cuidado. Lo besó y corrió a casa, dejando olvidadas en el embarcadero sus zapatillas.

MAS RELATOS

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *