Lo había vuelto a hacer.

Una vez más.

La música del tocadiscos sonaba al volumen justo para llenar cada recoveco de la casa sin dar motivos a los vecinos para que se quejasen. Aún notaba el cosquilleo en las palmas de las manos y el baile de la adrenalina en el interior de sus entrañas. Suponía que aquella era la misma sensación que sentían otras personas cuando se subían a una montaña rusa o cuando encendían un cigarro después de una velada apasionada con alguien que no era su pareja.

¿Cuántas veces lo había experimentado ya?

Decenas, sí, eso lo sabía, pero… ¿estaba cerca de alcanzar las tres cifras o todavía lo suficientemente lejos como para poder permitirse mantener la calma?

Hacía tiempo que había perdido la cuenta, la verdad.

En algún momento debería comprobarlo para asegurarse. Solo por si acaso…

Aunque nunca se le había ocurrido numerarlos, sí que llevaba un registro bastante exhaustivo de cada uno de los individuos. Porque una de las mejores partes de todas sus travesuras, desde el principio, había sido rememorar cada sensación todas las veces que quisiera y tenía miedo de que, si no lo dejaba plasmado por escrito, su mente podría jugarle una mala pasada y borrar alguno de los detalles más placenteros para siempre. Debía conservarlos. Si los perdía, aquello dejaría de tener tanta gracia.

De repente, sin previo aviso, le sobrecogió la certeza de que tarde o temprano iban a descubrirle. Sin saber por qué, lo vio claro. Ese tipo de actividades siempre acaban saliendo a la luz, es imposible mantenerlas en secreto de forma indefinida, y él no iba a ser una excepción. Nunca lo era. O, más bien, sí. Durante toda su vida había personificado la excepción en todos los ámbitos. Y tal vez por eso empezó a aficionarse a algo tan poco común. Quizá su pasatiempo era un tanto raro, pero también extremadamente divertido. Aunque, a ver… siempre hay cosas peores por ahí. Solo hacía falta encender la televisión para darse cuenta. Por todas partes existía otra gente con gustos mucho más extravagantes que el suyo y a nadie parecía incomodarle. Así que ¿por qué motivo tendrían que meterse precisamente con él?

Debía quitarse esos malos augurios de la cabeza cuanto antes, porque estaban espantando a los agradables cosquilleos y empezaba a tener un sabor agridulce en la lengua.

Sacó la libreta de su escondrijo y se sentó con ella en su sillón de pensar, que le recibió como si lo hubieran fabricado para encajar a la perfección con la forma de su cuerpo. Había comprado aquel cuaderno hacía unos cuantos años, durante un viaje, en una tienda especializada en objetos esotéricos. El dependiente había tratado de convencerlo de que estaba encuadernado con piel humana y, aunque no se lo creyó del todo, le pareció que la imitación estaba muy bien conseguida y que era perfecto para empezar a documentar sus logros, sus errores y sus progresos. Así que se lo llevó, tras pagar un precio desorbitado por una baratija sin ningún tipo de valor real. Pero no le importó.

Empezó a releer desde la primera página. ¡Qué inocente era entonces! Eso que en su día le pareció una proeza digna de acaparar las portadas de todos los periódicos nacionales e internacionales, en ese momento le provocaba carcajadas. Se rio a pleno pulmón, sin importarle que alguien pudiera oírle, mientras recordaba lo importante y especial que se había sentido aquella noche. Pero todo en la vida es adquirir experiencia, claro. Cuanto más se practica, más hábil se vuelve uno. Y quizá no era todavía un experto en el tema. De hecho, no, no lo era, le quedaban varios flecos que pulir y sabía que irían surgiendo otros. Pero estaba aprendiendo de los mejores. Las estanterías de su biblioteca personal estaban abarrotadas de historias y personajes asombrosos, de los que había ido adquiriendo los conocimientos básicos para después, poco a poco, experimentarlos en su propio estilo. Tal vez nunca alcanzaría la perfección, si es que eso existía siquiera, pero nadie podría nunca reprocharle no haberse esforzado por mejorar. Porque lo había hecho. Y mucho. Aunque para recibir reconocimiento y admiración, primero tendría que salir de las sombras y no estaba por la labor de dejar que nadie le descubriera. No todavía, al menos. Su propia satisfacción era más que suficiente por el momento. Hasta que alcanzase las tres cifras…

Siguió repasando sus notas a la vez que numeraba los casos con un lapicero. Ya era tiempo de hacer un primer recuento para ver en qué punto del camino se encontraba.

Sesenta y tres.

Sesenta y cuatro.

Sesenta y cinco.

Sesenta y…

Justo en ese momento, un ruido le interrumpió. Le parecía que había sido la puerta.

¿Quién andaba ahí?

Se relamió los labios en un gesto hambriento, pero se obligó a mantener la compostura.

No esperaba que llegase tan pronto, pero, si ya estaba allí, no era quién para mandarle marchar. Además es que no quería hacerlo. Lo disfrutaría de todos modos, aunque apenas hubiera tenido tiempo para asimilar el anterior.

De un tiempo a esta parte, los intervalos entre uno y el siguiente se habían reducido considerablemente.

Qué curioso…

¿Por qué pasaría eso?

Se levantó del sillón con parsimonia y guardó la libreta en el doble fondo del cajón del aparador. Después, recorrió el pasillo hasta la puerta, haciendo que el suelo crujiese a cada paso bajo sus pies.

Estaba deseando conocer a quien sería el protagonista de la siguiente página de su libreta de piel.

Pero, en cuanto lo vislumbró por primera vez, sintió un calambre que le recorrió la columna de abajo arriba y supo que algo no marchaba como debía. No era como los demás. No se parecía a los anteriores. Era diferente y ni siquiera era capaz de expresar con palabras en qué sentido.

Tras un rato demasiado largo, en el que permaneció allí plantado como un pasmarote, observando al recién llegado de hito en hito casi sin parpadear, se decidió por fin a invitarle a pasar.

Debía respetar el procedimiento para no cagarla. Pero es que no imaginaba que podría aparecer nadie como él. ¿Cómo iba a ser capaz de hacerlo?

Los días siguientes fueron extraños. Agradables y angustiosos a partes iguales. Porque cuanto más tiempo compartía con su nuevo compañero, más se daba cuenta de que nada tenía que ver con ninguno de los que habían pasado antes por allí y más se apegaba a él. Un calor que nunca había sentido, empezó a instalarse en su interior poco a poco hasta inundarle casi por completo. Le gustaba tenerlo allí y cada vez le costaba más negárselo a sí mismo. Gaminiray, que así resultó llamarse su futura nueva víctima, también parecía estar muy a gusto con él. Nunca oponía resistencia cuando le proponía un plan, en todo momento se comportaba de manera complaciente y nunca, pero nunca, nunca, borraba esa sonrisa que tanto le gustaba que tuviera en la cara.

«Debo darle un poco tiempo», se dijo a sí mismo. Porque al principio la mayoría solían ser simpáticos y atentos, pero todos terminaban volviéndose impertinentes tarde o temprano. Generalmente más bien temprano. Todos y cada uno de los que habían pasado antes por allí llegaban siempre a un punto en el que empezaban poco a poco a contradecirle, a negarse a acompañarle a los sitios a los que quería ir, a hacerle el vacío e incluso a dejarlo en ridículo en lugares públicos. Y ese era el momento de acabar con la relación. Gaminiray también cambiaría, aunque estaba claro que iba a necesitar más tiempo que ninguno.

Los días se sucedían y Gaminiray seguía en sus trece de comportarse como un ser amable e incluso cariñoso. ¡Era horrible! La situación empezaba a resultar insostenible y la necesidad de anotar otro nombre en la libreta de piel empezaba a abrasarle las manos.

Una noche, ya no pudo soportarlo más. Fuera llovía. Los goterones golpeaban la ventana imitando el ruido de disparos y tuvo la certeza de que era el momento. Gaminiray era especial, así que utilizaría una herramienta especial con él. Dudó mucho si debía hacerlo, pero no podía evitarlo, así que al menos lo llevaría a cabo con algo que estuviera a la altura de lo que Gaminiray le había hecho sentir.

Procurando no hacer ruido, tomó un frasco de cristal duro y bastante grande en el que solía guardar sus galletas preferidas. Las paredes del recipiente habían adquirido el sabor de las pastas, que era tan dulce como Gaminiray, así que no podría asesinarlo con nada mejor. Se acercó a él por detrás y con toda la fuerza de sus robustos brazos se lo estampó en la cabeza para cerciorarse de que, al menos, no tendría tiempo para enfadarse con él.

En efecto, el cuerpo de Gaminiray cayó a plomo sobre la alfombra, fulminado.

Lo lógico en ese momento hubiera sido sacar la libreta de piel del escondrijo en el doble fondo del cajón, escribir la fecha y la hora, y empezar a anotar sensaciones, detalles y datos objetivos para el recuerdo.

Eso es lo que hacía siempre.

Pero esa vez no pudo.

—¿Pero qué he hecho?

¿QUÉ HE HECHO?

Se repitió la pregunta una y otra vez. Primero entre susurros. Y después fue subiendo de intensidad hasta convertirse al final en un grito desgarrador que le rasgó la garganta.

Cuando notó algo húmedo que empezaba a empaparle la cara, se asustó. Se llevó las manos a las mejillas y se las restregó, temiendo que de algún modo fuera a encontrárselas teñidas de rojo cuando las volviera a separar de su piel. Pero no. Lo que le corría por el rostro era transparente. Y estaba salado. Un recuerdo perdido desde hace años planeó sobre su cabeza y se dio cuenta de que estaba llorando. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lloró? ¿Acaso había llorado siquiera alguna vez? ¿Y por qué lo hacía ahora? Buscó entre sus libros y se dio cuenta de que muchos personajes lloraban cuando perdían a un ser querido o incluso a la persona amada.

Aquella revelación repentina puso patas arriba todo su mundo. Todo ese entramado que había confeccionado durante los últimos tiempos empezó a descomponerse hilo a hilo. Y una nausea brotó de su estómago, obligándole a correr hacia el cuarto de baño.

Se acabó. No podía seguir haciendo eso. Debía buscarse otra afición. Una totalmente distinta. Pero para ello, primero debería desengancharse de su adicción. Tenía que buscar ayuda.

Bajó a la calle, con la libreta en el bolsillo y sin rumbo fijo. Recorrió calles durante lo que quedaba de noche. Vio al sol aparecer y a las nubes desplazarse por el cielo  mientras caminaba hasta que un cartel llamó su atención. Sin pararse a medir las consecuencias, entró. Nunca había estado tan decidido a nada.

—Esto lo hago por ti, Gaminiray —murmuró, a la vez que traspasaba la puerta.

Nadie le pidió ningún dato personal ni nada parecido. Simplemente le indicaron la sala a la que debía acudir y le ofrecieron un vaso de agua que bebió con avidez.

No era nada lujoso. Simplemente una estancia cuadrada, con varias sillas colocadas formando un círculo bastante impreciso. Y aunque había un hombre de pie contando algo, todos los ojos se posaron en él en cuanto entró.

—Bienvenido. Puedes sentarte donde quieras —le dijo una mujer joven desde una de las sillas. Llevaba una carpetilla en la mano y parecía ser la que dirigía el cotarro.

Obediente, ocupó uno de los sitios vacíos. El hombre retomó su historia, aunque acabó pronto y todos le dieron las gracias en voz alta por haberla compartido con ellos.

—Bien. ¿Quieres ser el siguiente? —sugirió la mujer.

Tardó un rato en darse cuenta de que se dirigía a él y entonces la miró, bastante nervioso.

—¿Es tu primera vez?

Él asintió.

—De acuerdo. Puedes ponerte de pie, si quieres.

Se levantó.

—¿Quieres decirnos cómo podemos llamarte? No hace falta que nos digas tu nombre real si no te apetece. Solo… uno que te guste para que podamos dirigirnos a ti —continuó explicando la mujer.

—Uhm… Gaminiray.

—Qué nombre tan bonito —dijo una de las chicas que estaban sentadas en el círculo.

—Gracias —respondió él.

—Vale, Gaminiray, pues adelante. Puedes contarnos lo que quieras. Te escuchamos —añadió la moderadora, con una sonrisa reconfortante en los labios.

Carraspeó unas cuantas veces, buscando la voz que no quería salir. Tomó aire. Y comenzó…

—Hola a todos. Soy… Gaminiray.

—¡Hola, Gaminiray! —respondieron todos los demás a coro.

—Estaba paseando por este barrio, que no conocía y vi que en este sitio nos ayudan a curar adicciones cuando ya no queremos seguir con ellas. Siento haber interrumpido vuestra sesión, pero anoche me di cuenta de que eso es lo que quiero. Dejar mi adicción. Hasta ayer mismo la disfrutaba, pero perder a… bueno… alguien especial, me hizo darme cuenta de que ya no tenía gracia. Anoche no me divertí con ello y por eso creo que es el momento de dejarlo.

Las palabras fueron brotando de su boca poco a poco, como si una vez que comenzó ya fuera incapaz de parar, como si llevase toda una vida esperando a que alguien quisiera escucharle.

La encargada del grupo, a pesar de estar preparada para atender ese tipo de sesiones, tuvo dificultades para mantener la máscara de calma que se había colocado en cuanto él empezó a enumerar las victimas que habían caído en sus manos. Un asesinato tras otro, contado con la misma frialdad que alguien enumera los cromos que ha conseguido para su álbum.

Cuando terminó de hablar, todos le dieron las gracias por haber compartido su historia y la moderadora les dejó cinco minutos libres para descansar.

La policía no tardó en llegar y en cuanto los vio entrar supo que venían a por él. No opuso resistencia cuando le esposaron y le subieron en el coche patrulla. Enseguida perdió la noción del tiempo. No sabía cuántas horas llevaba contando lo que había hecho. Cuántas preguntas había respondido y cuantos agentes habían pasado las páginas de su libreta de piel entre aspavientos.

Después de eso, le condujeron hasta su casa.

Los dos policías que le escoltaron hasta la puerta de su piso estaban preparados para lo peor, aunque no sabían si soportarían la imagen. Les había contado que algunos de los cadáveres seguían allí dentro y que no recordaba cómo habían desaparecido todos los demás.

Lo primer que les sorprendió al abrir la puerta fue el olor. Café, pizza y quizá una tubería atascada, pero nada más. La peste a descomposición jamás llegó hasta sus fosas nasales. Caminaron cautelosos tras el detenido, por el largo pasillo. Él parecía ansioso por mostrarles el cadáver de su última víctima, de ese muchacho que le había despertado la conciencia. Cuando llegaron al salón, el detenido señaló con la cabeza y enseguida apartó la vista.

—Pero…

Los policías, atónitos, se miraron uno al otro sin comprender nada.

En el punto que señalaba había una alfombra de pelo gris, un montón de cristales y unas cuantas hormigas recogiendo migajas de las galletas despedazadas que lo cubrían todo. Pero nada más.

—Oiga… no nos tome el pelo. ¿Dónde está el cuerpo?

El hombre empezó a enrojecer de la ira. ¿Cómo podían ser tan crueles esos tipos como para bromear con algo así? Bastante suplicio tenía ya como para que ellos le echaran más piedras a la espalda.

—¡Ahí! ¡Delante de sus narices! No me hagan mirar otra vez, se lo suplico. ¡Era mi amigo! No quiero ver lo que le hice. ¡No puedo!

Han pasado muchos meses desde ese día. Los medios enseguida se hicieron eco y, como hienas hambrientas, pelearon por alzarse con el premio del titular más ingenioso. El hombre todavía hoy sigue recibiendo tratamiento para acabar con su adicción, pero ninguna terapia conseguirá borrar el nombre con el que todos le conocen desde entones: Imaginary, el asesino en serie de amigos imaginarios. Al menos… nunca está solo.

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