«Federica era una mujer bajita y menuda. Tenía el cabello blanco como la nieve, corto y con unos envidiables rizos. Los años habían tallado numerosos surcos en su piel, pero tras los cristales de sus gafas se podían ver unos ojos azules que conservaban aún el aire pícaro de una niña traviesa. Llevaba puesto un vestido abotonado de manga corta y de color negro con florecitas rojas. La oscuridad de la tela hacía que pareciera todavía más pequeña. Pero lo que más me llamó la atención de ella fue el hecho de que en su cuello no hubiera ni rastro de los típicos relicarios religiosos que suelen llevar las abuelas.»

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