Ya había perdido la cuenta de los días que llevaba vagando por la oscuridad de aquella cueva. Su lengua áspera y su estómago, atacado por sus propios ácidos, le decían que incluso podrían haber pasado semanas.
Por suerte, aquella extraña melodía le había dado, por fin, una ruta que seguir. Si le preguntaran, no sabría describir con exactitud ese sonido, pero, tal vez, lo más acertado era referirse a él como un «canto sobrenatural».
Continuó caminado, completamente a ciegas, solo guiado por el sentido del oído. Era como si sus orejas arrastrasen a la fuerza al resto de su exhausto cuerpo.
Y, de pronto, lo vio: LUZ.
Y agua.
Y una silueta que parecía estar esperándolo.
Siempre han dicho que el canto de una sirena es letal para los humanos. En cambio, para él, fue lo que le salvó la vida.

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