Poco a poco, sus sentidos comenzaron a recuperar sus funciones.

Primero fue el tacto: las palmas de sus manos palparon despacio la superficie en la que se encontraba desplomado. Sus dedos se introdujeron entre los diminutos granos suaves que formaban el terreno y que enseguida se le escapaban de las manos para regresar al lugar al que pertenecían.

A continuación, su oído le reveló un templado silencio, solo roto de vez en cuando por unos suaves golpes seguidos por un sonido que parecía provenir de algún tipo de roce. Pero todo muy tenue, muy calmado…

A través de la fina piel de sus párpados, una fuerte luz comenzó a filtrarse, haciendo que sus pupilas despertaran para contraerse y protegerse del fogonazo.

Sin abrir todavía los ojos, con delicadeza, probó a doblar las rodillas y los codos. Después movió el cuello hacia ambos lados mientras empezaba a ser consciente de las fuertes punzadas que atormentaban su nuca. A pesar de ese dolor específico, parecía que su cuerpo seguía respondiendo correctamente. Se llevó la mano a la parte lastimada y la palpó con sumo cuidado, comprobando que tenía un incipiente chichón. Al menos, parecía que no había sangre…

Fue entonces cuando decidió que era el momento de enfrentarse a la realidad y descubrir de una vez por todas en qué lugar se encontraba. Despegó los párpados y con un movimiento rápido e instintivo se protegió los ojos con el reverso de la mano. Un resplandeciente sol azotaba el terreno con sus luminosos rayos, que se le clavaban en la piel como espadas ardientes. Cuando consiguió acostumbrarse un poco a la luz, se incorporó y comprobó que se hallaba sentado sobre un manto de fina arena blanca. Miró a su alrededor con el ceño fruncido a modo de escudo ante el sol y, aunque el paisaje parecía sacado de una postal, sin saber por qué, lo que vio le produjo un escalofrío de terror. Frente a él, un azulado e infinito mar, cuyas olas acudían a morir plácidamente sobre la arena; a ambos lados, arena, arena y más arena; y justo detrás, un cúmulo de palmeras de tronco grueso que protegían de miradas curiosas lo que se ocultaba tras ellas. Nada más.

Un sentimiento de completa soledad le pellizcó las entrañas y durante un instante sintió pánico ante lo que se le planteaba como una expectativa más que probable: si no encontraba un modo de volver a casa moriría allí, solo y deshidratado.

Trató de recordar qué había sucedido, cómo había ido a parar hasta aquel lugar; pero fue imposible, su mente parecía haber borrado cualquier dato que le fuera de utilidad. Lo único que recordaba era algo muy grande de colores chillones, pero aquella información no le decía nada. Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado inconsciente.

Súbitamente notó de nuevo las punzadas en la nuca y se volvió para ver con qué se había golpeado cuando, supuso, las olas propias de la marea alta lo habían arrastrado hasta aquella playa. Esperaba encontrar una roca, un tronco o algún tipo de concha, pero su sorpresa fue mayúscula cuando sus ojos marrones se toparon con un libro grueso y desgastado. Arrugó la nariz, cuestionándose qué pintaba allí aquel tomo. La buena noticia era que aquello quería decir que probablemente hubiera alguien más en aquella isla; o por lo menos en algún momento lo había habido. La segunda parte de la idea le hizo estremecer, así que tomó el ejemplar con intención de borrar el temor de su mente; desde luego no quería morir allí solo. Abrió las tapas con mucho cuidado y comenzó a leer las páginas amarillentas; enseguida se dio cuenta de que se encontraba ante una novela que casualmente estaba firmada por su escritor preferido. Pero no la conocía… ¿cómo era posible? ¿Quizá la había publicado recientemente y él no se había enterado de la noticia? Le parecía muy extraño, aunque no imposible; llevaba varios años sin lanzar nada nuevo. Sin darse cuenta se sumergió entre las páginas hasta tal punto que pasó largo rato leyendo. Sin embargo, de pronto, las páginas en blanco comenzaron a sucederse, dejando la historia inconclusa y seccionada en la parte más interesante. Siguió pasando las páginas de forma casi demencial, esperando encontrar en alguna de ellas el ansiado final, pero no fue así; con lo único que se topó fue con la contraportada que le devolvió a la cruda realidad. Seguía atrapado en una playa que desconocía y a ello se había añadido entonces la intriga por saber cómo terminaría aquel misterioso libro.

Manteniendo el ejemplar bajo el brazo, comenzó a caminar en dirección a las palmeras, alejándose lentamente del mar por el que, claramente, no había salida posible. Era hora de explorar el lugar en el que se hallaba y tratar de encontrar un modo de regresar a casa. Cuando alcanzó el palmeral se asomó con prudencia por entre dos troncos. Al otro lado, una espesa selva le saludaba con un fresco esplendor de distintos tonos de verde. La tupida vegetación apenas dejaba ver lo que había unos metros más allá. El inicio de un estrecho caminito se dibujaba sutilmente bajo sus pies. Miró atrás una vez más. La inmensa masa de agua salada seguía cubriendo sus espaldas. Tomó aire y comenzó a caminar por la pequeña senda.

El recorrido no resultaba nada fácil; en algunos tramos el camino se desdibujaba hasta casi desaparecer por completo y la frondosa vegetación le igualaba en altura. De pronto, bajo su pie derecho algo crujió. Temeroso de haber aplastado algún animal, dio varios pasos rápidos hacia atrás, preparado para salir corriendo en dirección contraria en el caso de que la criatura se hubiera enfadado y estuviera dispuesta a atacarle. Pero nada de aquello pasó ya que, lo que había pisado era lo que parecía un fragmento de un disco. Atónito, se agachó y lo recogió del suelo para observarlo mejor. Efectivamente era un trozo de un CD en el que se podía apreciar parte de la fotografía de un conocido grupo de pop que había tenido bastante éxito unos años atrás. «Qué raro —pensó—, no me suena este álbum y tengo en casa toda su discografía». Aquello resultaba cada vez más extraño. ¿Qué hacía un pedazo de disco en medio de la selva de una isla aparentemente desierta?

Confundido, se encogió de hombros y se obligó a seguir caminando. No podía quedarse en medio de la nada. Tenía que encontrar cuánto antes a alguien o algo que le permitiera salir de allí.

Unos minutos después, el sendero tropezó con el ancho tronco de una palmera. ¿Sería aquel el final? Volvió la cabeza para observar a su alrededor. Nada, solo vegetación. Finalmente, decidió bordear el árbol y, al otro lado, se encontró con que la vereda se había multiplicado, ahora se dividía en cuatro, cada una en una dirección. ¿Cuál seguir? Había tantas opciones… Lanzó el pedazo de disco al aire con los ojos cerrados. Cuando escuchó el sonido del aterrizaje, despegó los parpados y, sin detenerse a pensarlo, enfiló la tercera vía, la que estaba más cerca de donde había ido a parar el trozo de CD.

Poco a poco el camino se fue ensanchando y, desperdigados por el suelo, se fue topando con páginas arrancadas de libros, cintas de lo que parecían ser películas incompletas y más pedazos de discos. Muchos de ellos correspondían a títulos desconocidos de autores e intérpretes consagrados, pero también había gran cantidad de obras de autores que no lograba identificar por más que rebuscaba en su memoria cultural.

Toda su vida, desde que le alcanzaba la memoria, había estado ligada a la cultura y el arte. Su familia, sus estudios, su oficio y sus momentos de ocio estaban plagados de libros, música y cine. Las paredes de su casa estaban cubiertas por estanterías en las que descansaban cientos de ejemplares de literatura de todo tipo, películas de todos los géneros y música de lo más variada. De pronto se le ocurrió que aquella obsesión suya por la cultura le podía haber causado un delirio y que todo aquello no era más que producto de su imaginación. Pero si así era, ¿por qué seguía sintiendo el dolor del golpe que se había propinado en la nuca? ¿Por qué su nariz captaba perfectamente el aroma a naturaleza y sal? ¿Por qué su brazo notaba el cansancio causado por el pesado libro con el que cargaba desde la playa? Parecía tan real…

Al levantar la cabeza, vislumbró que la senda desembocaba en un claro. Reemprendió la marcha inmediatamente, recorriendo los últimos metros a la carrera. Seguro que allí por fin encontraba la civilización; quizá incluso había un complejo hotelero con todo tipo de lujos y comodidades. ¡Podría beber agua! ¡Incluso quizá comer! Y lo más importante: ¡por fin alguien le explicaría qué era ese sitio!

Cuando alcanzó la explanada del final del camino, se detuvo en seco, abrió la boca de par en par y el libro que todavía sostenía entre las manos cayó al suelo de forma estrepitosa. Se frotó los ojos con los puños, suponiendo que estaba siendo víctima de un espejismo a causa del calor que lo azotaba todo. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Dónde se encontraba?

Ante él, se exhibían montañas y montañas de libros, discos y películas de forma desordenada y descuidada. Parte del material estaba defectuoso: páginas rasgadas, carátulas rotas… Y en centro de todo el meollo una palmera con una bandera pirata ondeando entre sus ramas.

Se arrodilló y tomó uno de los libros que formaban parte del montón que tenía más cerca. Reconoció el título al instante: era el best seller del momento. Arrugó la nariz y volvió a depositar el libro donde estaba.

Se levantó y se dispuso a dar la vuelta alrededor de la explanada, intentando comprender qué estaba sucediendo. Clavó los ojos en la calavera que parecía reírse de él desde lo alto de la palmera y, de pronto, un flash iluminó su mente. Las imágenes comenzaron a pasar a toda velocidad por su cabeza, a modo de brillantes diapositivas que se sucedían sin apenas dar tiempo a contemplarlas. Se llevó la mano a la nuca, tratando de contener el dolor que se le clavaba como agujas afiladas. ¡Ahora lo recordaba! Se encontraba en la pequeña barca que había comprado unos meses atrás, cerca de la costa, anotando en su libreta algunas ideas que quería desarrollar durante su próxima conferencia. Entonces, de la nada, apareció una enorme embarcación con el casco pintado de vivos colores y una bandera pirata ondeando en su mástil principal. Asustado, había tratado de remar para esquivarlo, pero finalmente el barco lo había embestido, haciendo que su pequeña barca se resquebrajara en mil pedazos. Después ya no recordaba nada más. Suponía que había perdido el conocimiento y que las olas lo habían arrastrado hasta aquella misteriosa isla.

Continuó caminando en torno al claro, escudriñando con atención cada rincón en busca de compañía. Enseguida comprobó que se encontraba completamente aislado. Sin embargo, no fue el sentimiento de soledad lo que le hizo desplomarse en el suelo de rodillas y echarse a llorar como un niño.

Por fin había comprendido dónde se encontraba. Tras las hojas de una de las plantas que bordeaban la explanada, había descubierto un cartel de madera con cinco palabras escritas con pintura negra y caligrafía descuidada: ISLA DE LOS SUEÑOS ROTOS. No necesitó ni dos minutos de reflexión para caer en la cuenta de lo que estaba sucediendo allí: los montones de arte que se desparramaban sobre la fina arena blanca no eran sino material que los piratas habían robado a sus autores durante diferentes saqueos más o menos violentos. Y, lo más doloroso de todo: los títulos con los que había ido tropezando durante toda su andadura no eran más que proyectos abandonados a medias, ideas que no habían logrado llegar a buen puerto porque sus creadores, por unas circunstancias o por otras, se habían visto obligados a desterrarlos; quizá por la necesidad y la obligación de dedicarse a otros menesteres o, tal vez, por la pérdida de la ilusión y la motivación. Por eso él no conocía esas obras; ni, posiblemente, nadie lo haría lo jamás.

¡Aquello era terrible! Sin duda, esa isla era el lugar más terrorífico en el que había estado en toda su vida.

Se acurrucó sobre la arena y cerró los ojos con fuerza; no quería seguir siendo testigo de aquella masacre cultural. Poco a poco, el dolor de cabeza fue remitiendo… hasta que, por fin, le abandonó para siempre.

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