Como cada 31 de octubre, el claro del centro del bosque hacía más honor a su nombre que cualquier otro día del año.

Incluso siendo de noche.

Un círculo de linternas iluminaba sus límites.

En el centro, los jóvenes del pueblo celebraban Samhain.

Bajo la protección de sus disfraces se sentían libres, atrevidos, sin ojos que los vigilaran, sin prohibiciones…

Bueno, solo una…

Existía una única norma que era imprescindible cumplir: no quitarse la máscara. Nunca.

Según contaba la leyenda, bajo esa tierra había sepultado un antiquísimo cementerio.

Era bien sabido que, esa noche, las fronteras entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía liviana. Y todos los años, en medio de la resaca del día siguiente, alguien aseguraba haberse topado en la fiesta con seres que no pertenecían a su mundo.

Por eso era tan importante no quitarse la máscara: los muertos no podían verte sin disfraz o te seguirían más allá del círculo de luz.

La noche avanzaba y el frío se notaba cada vez menos.

Bailar. Brindar. Gritar a las estrellas el nombre de los monstruos que querías matar.

Pero llegó el momento de volver a casa.

Se despidió, recuperó su linterna y echó a andar por el bosque.

Las hojas secas crujían bajo sus botas, adornadas con unas fundas para convertirlas en zarpas.

A medida que se alejaba de la fiesta, el sonido de la música fue enmudeciendo hasta ser sustituido por un suave ruido de roce. Miró hacia atrás y supuso que tan solo era el sonido de su falda de tul arrastrando sobre las hojas.

Aun así, aligeró el paso. Comenzaba a asustarse un poco, pero su casa ya se veía a lo lejos. Solo unos cuantos pasos más.

Y fue entonces, al ir a buscar las llaves, cuando se percató de dos cosas terribles.

No tenía ni idea de cuándo ni por qué motivo lo había hecho.

¿En qué momento había sido tan idiota como para incumplir la única regla de la noche?

¡Maldita sea!

Un chillido se le congeló en la garganta…

Porque llevaba su máscara de gato en la mano.

Y el sonido a sus espaldas no lo estaba provocando ella.

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