Villagamitos de Tuétano, 1942

Las cosas estaban enormemente enmarañadas por esos tiempos. Si bien habían pasado ya unos pocos años desde que en las radios atronó esa frase de «la guerra ha terminado», que devolvió al pueblo a algunos de nuestros hombres más afortunados, seguían corriendo tiempos complicados.

Los estantes de los ultramarinos cada vez estaban más llenos de telarañas, la cartilla de cuponcitos que guardaba madre en el cajón de la cocina se nos quedaba ridículamente pequeña y los jornales se achicaban con la misma presteza que se dilataban los lutos de las mujeres.

Y lo más puñetero de todo era que ni siquiera nos figurábamos la cantidad de calamidades que aún nos aguardaban por delante…

Por eso era tan señalado aquel día. Por eso me resistía a quedarme en casa como una pazguata mientras los demás mozos y mozas del pueblo gozaban de una de las pocas cosas animadas que nos habían sucedido desde que había dejado de ser niña. Ahora no alcanzo a dar con el argumento que nos hacía ser tan otimistas, pero, por aquel entonces, los jóvenes creíamos que vendrían tiempos mejores y que aquella noche íbamos a celebrar el empiece de todo.

Ya me figuraba yo lo que iba a decir madre cuando le pidiera permiso… Sabía que padre permanecería callado porque una seña suya era más que suficiente para hacerse comprender, pero madre pondría el grito en el propio cielo… Conque esperé resignadamente a que la misa de San Huberto concluyese. Me comporté con más decencia que nunca en toda mi vida y recité cada palabra del salmo como si mi existencia misma dependiese de ello. La iglesia se veía tan hueca desde el saqueo… Algunas de las imágenes habían sido arrojadas al río y rescatadas por los vecinos, pero otras, junto con la mayor parte de las reliquias, nunca volvieron a dejarse ver. Las paredes entonces se veían ennegrecidas y yermas, y la voz del sacerdote brincaba por el espacio vacío armando un eco que aparentaba salir de dentro de una sepultura.

Cuando llegamos a casa, todavía me impuse la tarea de tener un poco más de aguante. No fue hasta que estábamos sentados alrededor de la mesa, cuando por fin reuní el coraje de hablar.

—De ninguna manera —respondió madre, cuando yo ni había tenido tiempo de acabar la pregunta—. Eres demasiado chica para andar trajinando por ahí después de que se hayan encendido los faroles.

—¡Pero, madre! Mi amiga, la Loli, sí tiene permiso para acudir. Es un año y dos meses más chica que yo. Solo tiene catorce. —Había estado preparando ese pretexto desde que me desperté con el canto del gallo y creía que eso persuadiría a madre. Pero no.

—La Loli es la Loli —dijo ella, tan seria que esas palabras parecían aclararlo todo—. Y, de igual modo, sus padres no le hubieran dado permiso si no la guardase el chico de los tahoneros. Cuando halles un pretendiente apropiado como ha hecho ella, podrás acudir también.

—¿Pero cómo quieren que alguien me ronde si no me dejan salir?

La mirada de advertencia de padre casi hizo que los pies se me quedaran helados cual carámbanos, pero madre aún quería proseguir con su reprimenda.

—A los hombres has de conocerlos durante el día. Cuando se prenden los faroles, también se encienden las intenciones más inmorales.

—¿Y por qué me culpa a mí de las intenciones inmorales de la gente?

—¡Federica, no consiento que te comportes de un modo tan impertinente! Acuéstate de inmediato. No quiero sentir ni una palabra más. —Padre tenía la voz grave y fuerte, como si hablase dentro de un botijo, por lo que era poco recomendable contradecirle si no deseabas que el botijo acabase roto en tu cabeza. Es solo un modo de expresarse, por supuesto…

Puede que no tuviera más remedio que echarme al buche unas mondas de patata fritas para almorzar cuando iba a faenar al campo. Consentía arreglármelas con las sobras de algarrobas que antes solo servían para cebar a los cerdos. Pero como que me llamaba Federica que esa noche no iba a quedarme sin bajar al baile.

Me puse mi vestido de rayas de manga larga abotonado en el pecho y me tumbé con cuidado de no estropear la trenza en la que me había recogido el cabello. En el mismo instante en el que me pareció que madre por fin se retiraba a su alcoba, abrí la ventana y me deslicé por la enredadera que cubría toda la tapia. Tenía práctica.

Cuando llegué a la plaza me quedé boquiabierta. No era mucho. Después de tantos otoños sin celebrar las Festividades de San Huberto, una cuadrilla había tenido la ocurrencia de hacer una especie de guateque. Cuatro muchachos tocaban música como si fueran una orquesta de verdad y muchas parejas se meneaban al ritmo de los cantares, entre ellas mi amiga la Loli y el tahonero chico.

Me quedé largo rato allí de pie, como si me hubiera vuelto boba. Quería mirarlo todo, porque no recordaba haber visto nada semejante antes, pero tenía miedo de que alguno de mis hermanos anduviera por allí y me pescase. Hasta que de pronto se acercó a mí un mozo que no reconocía, pero… ¡era tan apuesto! Tenía unos ojos oscuros que se te metían por dentro del cuerpo y te hacían ruborizar, el cabello castaño repeinado con la raya al lado y un bigote con barba muy bien recortada. Llevaba puesta una camisa azul claro y unos pantalones de domingo. Y olía a agua de colonia. Hizo un saludo con la cabeza y me tendió la mano. Yo miré a todos lados porque quería cerciorarme de que me hablaba a mí y entonces cogí su mano y me sacó a bailar. ¡Ay, cómo bailaba! Nunca antes me había figurado que yo también podría menearme de ese modo, pero con ese muchacho se me hacía natural. Se me olvidó todo lo de alrededor.

—¿Puedo preguntar su nombre, señorita?

—Me llamo Federica.

—Yo soy Marciano, de los Leñeros de Barraca de Pumas.

Aquella revelación me cayó como un jarro de agua fría. Villagamitos y Barraca nunca habían hecho buenas migas, no obstante estuvimos en paz durante años. Pero las cosas se habían enredado más en la guerra, cuando nos acusaron de haber sisado el Cristo de su parroquia. Desde entonces, los Barracudos nos habían nombrado como los «Cortabolsas de Villagamos» y no podíamos mirarnos ni en pintura. ¡¿Y qué iba a saber yo?! A mí esas pamplinas me importaban un bledo y mucho menos en aquel instante, desde luego.

Seguimos danzando mucho rato más. Los pies me estaban matando, porque esos mocasines que madre había comprado en los soportales para ir a misa no estaban hechos para bailar, pero me era igual.

—¿Y tú de quién eres? —Me preguntó Marciano.

Y aquella cuestión fue una completa tragedia para nosotros.

—De la Remedios.

Entonces él se quedó como atolondrado oteando algo detrás de mí. Yo también me volví y todo se fue al garete. Allí se había presentado madre, con su mantilla negra enredada en los hombros y su garrote en mano. No es que lo precisara; madre nunca tuvo dolores al andar. La que tuvo dolores esa noche fui yo. ¡Ay, todavía se me presenta la escena como si fuera ayer mismo! Me agarró del brazo para apartarme de Marciano y me fue dando con el garrote en el trasero hasta que llegamos a casa. ¡Me lo puso rojo como un tomate! Pero no me afectó mucho porque me había enamorado.

Los días que siguieron, me sentía un poco ida, como si estuviera indispuesta. La panza se me llenaba con el bocado más minúsculo (cosa que era buena, dada la situación). Pero estaba medio loca: a ratos me encontraba muy dichosa y a ratos descorazonada. Cada vez que mis padres o mis hermanos me hablaban, me acobardaba, pues temía una nueva reprimenda por haberme acercado a un Barracudo. Todos eran estrictos conmigo, era la pequeña y la única mujer, la niña; y se habían vuelto más exagerados desde que la guerra nos había arrebatado a uno de los nuestros.

Solo me encontraba un poco tranquila cuando estaba en el campo faenando. Y allí fue donde Marciano me encontró de nuevo cuando yo calculaba que no le vería más.

Venía a acompañarme un rato todos los días, a la hora que sabía que mis hermanos no andaban por allí. Me hablaba. Me contaba cosas de su aldea, de su familia, de su oficio como aprendiz de carpintero en el taller de su padre. Y también me hablaba como un zalamero de cuánto le gustaban mis ojos o mi pelo. Yo siempre me ruborizaba y apenas sabía qué contestar. Cuando Marciano estaba a mi lado me sentía amilanada y salva al mismo tiempo.

Recuerdo el primer instante en el que me tomó de la mano para llevarme a pasear entre los olivos. Las rodillas me temblaban de tal modo que parecía una muñeca de trapo de esas que escondía el Tío Moncho bajo la tablilla suelta del suelo de su comercio. Madre nunca quiso comprarme una porque decía que debíamos ahorrar el dinero para comer.

Cuando pasó un tiempo, Marciano comenzó a presentarse en el pueblo también algunas noches. Me advertía echando una piedrecita contra mi ventana y yo me escabullía por la enredadera del muro. Estar con el afuera, con los faroles encendidos, era lo más bonito que me había sucedido en la vida. Me sentía toda una mujer. Y eso me asustaba, porque me figuraba que se terminaría en el mismo instante en el que alguien se enterase.

Los dos sabíamos que estaba mal. Si madre nos hubiera visto nos hubiera gritado que íbamos a ir al infierno. Los dos teníamos presente que un zagal de Barraca de Pumas no podía cortejar a una chica de Villagamitos de Tuétano. Era un arreglo al que habían llegado los que más mandaban en los pueblos y todos teníamos que hacerle caso porque ¿qué más podríamos hacer? Pero aunque quería ser obediente, se me presentaba una tarea demasiado espinosa.

Cuantos más días pasaban, más me convencía de que nos quedaba muy poco tiempo juntos. Empecé a tener mucha fatiga, pues pensaba que nos descubrirían más pronto que tarde y gimoteaba sin motivo en el instante menos pensado. Estaba angustiada y me sentía dichosa al mismo tiempo. Qué raro, ¿no es cierto?

Tanto sufrimiento pasé que al final caí enferma. El practicante del pueblo no alcanzaba a saber qué tenía, pero apenas podía mantenerme en pie y, por supuesto, no podía salir a ver a mi Marciano. Eso hacía que empeorase.

Vi a la muerte rondarme muy cerca, pero como ya entonces no era creyente, ni siquiera podía rezar para sentirme mejor.

Un día estaba sentada en la cocina, mientras madre trajinaba con lo poco que teníamos en la despensa para preparar la cena. Alguien llamó a la puerta, lo que era raro porque nadie nunca llamaba a la puerta, sólo entraban y pegaban una voz para avisar de que estaban allí.

Madre agarró el cucharón y salió a encontrarse con el no-convidado. Yo fui a buscar a padre y a mis hermanos, que ya regresaban por el camino de detrás de la casa. Ellos se apresuraron porque vieron en mi rostro que algo estaba sucediendo. Pero cuál fue mi conmoción cuando me percaté de aquel muchacho, vestido con camisa y el mismo pantalón elegante que llevaba el día del baile, plantado en el umbral de la puerta con las manos en alto como un forajido. Madre le amenazaba con el cucharón de estaño mientras él trataba de explicarse. Mi hermano el mayor salió con los puños dispuestos; suerte que Marciano era bastante ágil y supo escurrir el gancho. Corrí y me interpuse entre los dos, porque no quería que le apalearan por mi culpa.

—Quita de en medio, niña, que no tendré reparos en darte una somanta de palos también a ti —chilló mi hermano, con la cara desencajada.

Marciano se apostó delante de mí y se llevó un buen soplamocos. Pero padre hizo un sonido grave, sin apenas mover su bigote y todo el mundo se quedó quieto. Después, se volvió y entró a la casa. Todos lo seguimos, incluido Marciano, con el carrillo enrojecido.

—¿Cuáles son tus intenciones, chico? —preguntó padre, en cuanto todos estuvieron acomodados. Madre y yo permanecimos de pie, tensas, porque no sabíamos qué iba a pasar.

—Con todo mi respeto, señor… y señora —comenzó a hablar mi Marciano, tan elegante como un patrono—, quiero que sepan que mis intenciones para con su hija son buenas y puras. Me llamo Marciano, soy hijo del Leñero de Barraca de Pumas y trabajo en el taller de mi padre como carpintero. Es una tarea para la que soy bastante ducho, gracias a Dios. De concederme el honor, me aseguraría de que a su hija no le faltase de nada para formar una familia. Por eso, he venido hoy aquí para pedirles la mano de su hija Federica. Tengo un regalo para ustedes ahí fuera, como voto de mis buenas intenciones para su familia. Es un baúl que yo mismo he tallado.

Aquello me pilló desprevenida. Mis cachetes se incendiaron y un calor desconocido me ardía en el vientre. Mis hermanos empezaron a farfullar, pero a un gesto de mi padre, se callaron.

—¿Qué opina tu familia de esto? Somos Cortabolsas de Villagamos… —soltó padre con todo su desdén.

—Conozco el conflicto que hay entre nuestras aldeas, señor. Pero no creo que sea justo. Mi familia se sorprendió, pero cuando les expliqué lo maravillosa que es Federica, ellos, bueno, lo comprendieron…

Nos mantuvimos callados una eternidad. Mis pantorrillas temblaban y pensaba que me caería al suelo en cualquier momento, desmayada. Todos nos mirábamos muy serios, unos a otros, hasta que mi madre chasqueó la lengua dos veces y dieron su aprobación de mala gana.

De pronto, todos los síndromes de mi padecimiento se esfumaron como los palomos a la llegada de un perro hambriento. Agaché la cabeza, para dar las gracias a padre y madre por su generoso don.

Nunca llegué a comprender qué les llevó a consentir, pero no tenía ninguna gana de preguntarlo. A lo mejor ya sabían que madre se marcharía pronto al otro mundo. A lo mejor se figuraban que tendría que encargarme de los hombres de la casa hasta sus últimos días y que el dinero de Marciano nos iría bien. Tal vez sólo pensaron en que si me desposaba con alguien, incluso aunque fuera un Barracudo, saldría de casa y madre tendría una boca menos que alimentar.

No lo comprendo, pero mejor así.

Lo cierto es que a ninguno de nuestros parientes les agradó nunca la idea de que nos uniéramos en matrimonio, pero todos terminaron por claudicar. Todos, menos su hermano, claro, que se entretuvo lo que le quedó de tiempo en hacernos la vida imposible hasta tal punto que Marciano tuvo que venirse a vivir a nuestro pueblo y no al contrario, que era lo tradicional.

Aun así, fuimos muy felices siempre…

«Estuvimos casados sesenta y cinco años. ¡Sesenta y cinco! Ahora ningún matrimonio aguanta tanto tiempo. Ahora os casáis y a los dos días estáis aburridos y os dejáis. Yo estuve toda mi vida al lado de mi Marciano, que en paz descanse, y él al mío. Aunque era muy trabajador, siempre tenía tiempo para acompañarme a hacer los recados y para bailar. ¡Ay qué bien bailaba mi Marciano! Estuvo a mi lado hasta que el pobrecito se fue de este mundo

Spin-off de la novela «Mi futuro en una caja»

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One thought on “La noche de San Huberto”

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