«Por aquel entonces tenía veinticuatro años, hacía uno que había terminado la carrera de Comunicación Audiovisual y estaba a punto de entregar mi proyecto de fin de máster sobre el tratamiento de las bandas sonoras en los documentos audiovisuales. Mi único contacto con el mundo laboral hasta el momento se había limitado a algunas navidades envolviendo paquetes en la tienda de ropa de bebé de mis tíos. Sobra decir que todavía vivía en casa de mis padres y que mis pocos caprichos salían de sus bolsillos.
Empezaba a estar desesperada, lo reconozco. Por casualidad me encontré con aquella oferta de trabajo tan poco usual. Confieso que no me detuve a pensarlo y le di al botón de inscribirme, convencida de que, como siempre, ni siquiera se molestarían en llamarme.»
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