Siempre le habían dicho que cuanto más arriba llegase, más importante sería.
Y quería comprobarlo. Ser, por una vez, lo que más preciado. Escuchar elogios. Atraer miradas.
Había corrido hacia la parte más alta de la ciudad hasta perder el aliento. Incluso se había puesto de puntillas sobre el borde del muro para ganar unos centímetros más.
Pero no consiguió nada.
Las miradas a su alrededor pasaban de largo y apuntaban hacia abajo. ¡Qué ironía!
Se volvió y no pudo evitar maravillarse.
¡Le habían mentido!
La escena que se extendía ante sus ojos era más bella que cualquiera que hubiera visto cuando caminaba con el cuello estirado tratando de alcanzar la luna.
Y estaba ahí, justo bajo sus pies.

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