Ese año había sido especialmente húmedo. La lluvia había castigado al pueblo de tal manera que la mayoría de los cultivos se habían echado a perder, las goteras ennegrecían muchas de las casas más antiguas y las zonas más próximas al valle se habían convertido en barrizales intransitables. El río rugía con furia mientras empezaba a recuperar el agua que se había salido del caudal y bajaba con prisas hacia su desembocadura para no permanecer allí más tiempo del necesario; no quería contagiarse de los ánimos turbulentos que envolvían el lugar. Quizá, incluso la primavera conocía el secreto que ocultaban sus calles y por eso había retrasado su llegada hasta que no pudo encontrar ni una excusa más.

Porque nadie parecía saber lo que había pasado con esa chica de los carteles. A dónde había ido a parar esa cara que sonreía desde las paredes de todas las calles de la comarca. La guardia civil ya había preguntado varias veces a todo el mundo. No era un pueblo muy grande, así que terminaron pronto. De forma oficial, nadie sabía nada. O preferían no saber. Pero entre cuchicheos todos los vecinos compartían sus elucubraciones. Que si se había escapado porque era demasiado rarita para adaptarse al pueblo. Que si la tía de no sé quién escuchó una pelea en su casa, pero no era posible porque los padres estaban destrozados. Que si seguro que la pobre cría tenía mal de amores por haber apuntado demasiado alto. Que qué pena, con lo aplicada y educada que era… Que si seguro que había sido una chiquillada para llamar la atención. Ya volverá. «Que en este pueblo no hay mala gente, nunca ha pasado nada. Ya volverá…»

Pero el paso de las hojas del calendario siempre consigue restar importancia a todos los asuntos. Y los rayos del sol, después de tanto gris, actuaron como una pócima revitalizante que comenzó a sacar de su letargo a todos los habitantes del pueblo. En especial a los jóvenes, que ansiaban el calor para ser libres y poder divertirse tras tantas semanas encerrados entre la tensión de los pasillos del instituto.

—¡Esta noche fiesta! ¡Botellón! ¡Música! Nos lo merecemos. Tenemos derecho a pasarlo bien y alejarnos aunque sea durante una noche de todas estas movidas.

Los demás no parecían muy convencidos, pero, si lo proponía él, era imposible negarse. Además, seguro que en el fondo tenía razón. Se lo merecían. ¿O no?

Aunque los restos de las lluvias todavía seguían presentes, lograron encontrar una zona cerca del río lo bastante seca para no acabar llenos de barro y lo bastante alejada del pueblo para que nadie pudiera quejarse o interrumpirlos. Sin apenas proponérselo, se habían organizado para, entre todos, llevar bebidas, unos altavoces y un móvil con gigas ilimitados para poner una lista de reproducción que durase hasta que volviera a salir el sol la mañana siguiente. Querían celebrarlo con él. Les parecía apropiado darle la bienvenida porque le habían echado de menos y porque el verano que estaba a punto de traer con él las vacaciones haría que por fin pudieran olvidarlo todo.

El alcohol y la música empezaron a correr por entre los árboles del valle. Los bailes, las risas y los besos llenaron los espacios que solo unas semanas antes habían estado plagados del eco de decenas de pasos inseguros y voces que gritaban un mismo nombre sin obtener respuesta.

Un poco más allá, en el cauce del río, el agua parecía haber ralentizado su imparable carrera. Era casi media noche y la luna se reflejaba en la superficie como si estuviera a punto de sumergirse hasta el fondo para reunirse con ellas. No era la primera vez que se encontraban, ya eran viejas amigas, pues esa era la hora a la que acostumbraban a salir a bailar casi cada noche, bañadas por sus rayos de luz plateada.

Pero esa noche era distinta. Era especial. Había estado esperando la oportunidad casi desde el momento en el que le explicaron qué hacía allí, cómo había llegado hasta el fondo del río. Era su turno de bailar sola. Tras despedirse de sus hermanas por si todo salía bien y no volvía a verlas, comenzó a nadar hacia arriba, donde la esperaba la luna. Sin prisa, salió del agua y comenzó a caminar despacio por la tierra blanda de la ribera. Su largo cabello rubio se derramaba en una cascada de ondas por su espalda, completamente seco y salpicado por mechas de color turquesa, casi del mismo color que su largo vestido de seda, que arrastraba por el suelo entonando un ligero frufrú.

Sus pasos lívidos siguieron el sonido de la música, de las carcajadas que le resultaban dolorosamente familiares. Antes, no sabía hacía cuánto, solían lanzárselas a ella a través de los pasillos del instituto hasta aguijonearle cada centímetro de la piel. No tardó en localizarlos. Cuerpos que se bambolean a destiempo, que se enredan unos con otros, que desprendían olor a alcohol, sudor y libertad.

Sus pupilas verdes refulgieron como dos hogueras en cuanto lo vio. En el centro, como siempre. No le cabía duda de que él había sido el organizador de la fiesta. Siempre el líder, el que llevaba a rebufo a todos los demás, el que decidía el destino de los que se le cruzaban por delante. El que elegía quién merecía sufrir y quién ser parte de su privilegiada pandilla.

En su anterior vida, ni se le hubiera pasado por la cabeza mostrarse. Se habría quedado escondida en un rincón, procurando no llamar la atención a no ser que él la reclamase. Porque le creía. Porque le quería. Y llegó a pensar que él también estaba interesado en ella y que podría conseguir que correspondiera sus sentimientos. Pero eso era antes. Hacía… ¿cuánto? Había perdido la cuenta. Pero en ese momento caminaba sin vacilar, acariciando el suelo con el borde de su vestido que permanecía intacto a pesar del barro.

Él tardó en verla, todos estaban demasiado ocupados como para darse cuenta de la recién llegada. Pero una vez que posó sus ojos sobre ella, ya no pudo retirarlos. Ni él, ni nadie. Pero él la había visto primero y su sonrisa de medio lado ya la estaba reclamando como suya. Ella supo en el primer instante que ni siquiera la había reconocido, aunque durante un instante murmuró que quizá le sonaba de algo, pero que no era posible, porque jamás se habría permitido olvidar a una mujer tan bella. Sabía que había cambiado, pero ¿tanto? Porque había pasado el mismo tiempo para los dos y ella sí se acordaba de él. A la perfección. Recordaba sus manos colándose entre su ropa sin permiso en los pasillos del instituto, los mensajes que le enviaba por las tardes con propuestas nada decentes, sus labios y las mentiras que le susurraba al oído para después reírse con sus colegas, para acuchillarla con supuestas bromas que a ella solo le provocaban dolor.

Sin decirle nada, le dedicó una sonrisa fulminante, seductora, dulce, inocente… y él terminó de caer en sus redes. Esta vez era ella quien le estaba atrapando entre su tela de araña y esperaba que no pudiera escapar. Bailaron. Cada vez más despacio, cada vez más juntos. Hasta que sus cuerpos estuvieron a punto de fundirse en uno solo y entonces supo que había llegado el momento.

En su interior, deseaba poder vengarse de todos. Y bien sabía que hubiera podido hacerlo sin mucha dificultad. Pero no. Ella no era como él. No quería ser como él. Él siempre fue el líder de todo. El que la señaló con un dedo silencioso. Y al que todos siguieron para evitar convertirse en las siguientes víctimas. Si el desaparecía, nadie volvería a sufrir por su crueldad. Así que le tomó con cuidado de la camiseta y tiró. Él la siguió sin oponer resistencia, mientras los demás chicos le vitoreaban. Como siempre. Lo había visto tantas veces…

Sus hermanas rusalcas le habían advertido que quizá no era el mejor día, no con tantos testigos que podrían poner en riesgo su existencia. Pero a la vez, ellas mismas sabían que no podría esperar más, que no querría perder más tiempo. Así que se habían ofrecido a ayudarla sin esperar nada a cambio, aunque al final había decidido hacerlo sola. Nunca había tenido muchos amigos. En un pueblo tan pequeño, cuando el más popular del instituto decide señalarte como el blanco de las burlas, es muy complicado que alguien te vea de otro modo. Pero con ellas era diferente. Tenían cosas en común: todas, las siete, habían muerto en ese río o en sus inmediaciones, tras ser maltratadas, ultrajadas y mancilladas de mil formas diferentes. Y todas necesitaban la venganza como modo de redención. Muchas de ellas, por desgracia, no la lograrían jamás y quedarían atrapadas en las profundidades para recibir a las siguientes y acogerlas como nuevas hermanas entre las aguas.

Pero ella no. Ella iba a marcharse.

Escuchaba sus carcajadas excitadas y sus palabras pegajosas mientras seguía conduciéndolo hacia su destino. Cuando llegaron a la ribera, notó que él se detenía, quizá sopesando la conveniencia del lugar para lo que pretendía hacer con ella. Ella se volvió, mientras parpadeaba de manera exagerada para que sus pupilas verdes parecieran iluminar todo el lugar. Después, se introdujo en el río. Su vestido de seda empezó a pegarse a su cuerpo blanco y él fue incapaz de resistirse a esa visión. Dudó un momento, pero sus instintos y el alcohol que corría por sus venas le apremiaron a ir tras ella.

Entonces, todas sus hermanas estaban de repente allí. A su alrededor. Sonriendo mientras él se hundía, mientras sus súplicas de auxilio se humedecían y sus pulmones se encharcaban. Las rusalcas se miraban unas a otras complacidas, mientras, quizá, soñaban con ser las próximas en vengarse para poder por fin escapar, para liberarse y que su espíritu pudiera abandonar ese extraño limbo en el que se encontraban.

En el mismo instante en el que él ahogó su último suspiro, un extraño cosquilleo empezó a acariciarla a ella por dentro. Era raro. Ni siquiera era capaz de decir si resultaba o no agradable. Quizá la palabra era… burbujeante. Como esa golosina que explotaba al metérsela en la boca y que solía comer los viernes por la tarde al salir del colegio, como premio a haber resistido una dura semana más. Solo que, estaba vez, la sensación comenzó en el estómago y se fue expandiendo por todo su cuerpo.

Y, de repente, ya no estaba allí.

De pronto lo veía todo desde arriba. Como si ya no formase parte de la escena más que como una mera espectadora.

Mientras ascendía, todo lo que sucedió regresó a su cabeza. Las humillaciones. El sufrimiento constante. Las miradas reprobatorias. La injusta culpabilidad que le habían introducido en el cuerpo con un embudo… Y la decisión final. La convicción de que debía acabar con todo de una vez. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Días? ¿Semanas? No lo sabía. Quería despedirse de sus hermanas, pero ya no le salía la voz.

Si hubiera habido alguien más allí, habría visto cómo en el río se formaba una especie de bruma que comenzaba a subir lentamente hacia el cielo, hasta desaparecer al fundirse con las nubes. También vería el cadáver de una chica con marcas de cortes en los brazos, los párpados cerrados, la piel cetrina y los labios amoratados. La misma adolescente que les sonreía día y noche desde los carteles de las calles del pueblo.

Solo unas cuantas horas más tarde, un anciano del lugar, que paseaba con sus perros, dio la voz de alarma. Tras semanas de angustia y búsqueda infructuosa, el misterio se había resuelto. La chica desaparecida había aparecido muerta, en uno de los lugares más recónditos de la ribera del río, bajo unos espesos matorrales. La autopsia dijo que una cantidad letal de un medicamento todavía se arrastraba por sus venas. «Pobrecilla. Era tan rara… Quizá sea mejor así. Nunca llegó a adaptarse al pueblo. Quizá ahora por fin descansa».

Ese día siempre será recordado por los habitantes del pueblo como uno de los peores de su historia, pues, unos cuantos metros más allá, fue también localizado el cadáver de otro chico del pueblo, uno al que todos querían, que era amigo de todo el mundo y siempre sonreía. La guardia civil echó la culpa al exceso de alcohol y la subida del nivel del río a causa de las lluvias. Los vecinos lloraron su pérdida durante días y se lamentaban a voz en grito cada vez que se acordaban de la tragedia. «¡Una desgracia! ¡Qué gran pérdida! ¡La vida es injusta! ¡Tenía toda la vida por delante! ¡Siempre se van los mejores!». Todos decían conocerlo bien, aunque ninguno de ellos sabía quién era de verdad.

Lo que nadie vio jamás fueron esas mujeres que, ocultas bajo el agua, miraban hacia la superficie y sonreían a la lejana luna para hacerle un último homenaje a su hermana que, por fin, había logrado vengar su muerte y tomar de la mano a la libertad. ¿Quién sería la siguiente?

Ese año había sido especialmente húmedo. La lluvia había castigado al pueblo de tal manera que la mayoría de los cultivos se habían echado a perder, las goteras ennegrecían muchas de las casas más antiguas y las zonas más próximas al valle se habían convertido en barrizales intransitables. El río rugía con furia mientras empezaba a recuperar el agua que se había salido del caudal y bajaba con prisas hacia su desembocadura para no permanecer allí más tiempo del necesario; no quería contagiarse de los ánimos turbulentos que envolvían el lugar. Quizá, incluso la primavera conocía el secreto que ocultaban sus calles y por eso había retrasado su llegada hasta que no pudo encontrar ni una excusa más.

Porque nadie parecía saber lo que había pasado con esa chica de los carteles. A dónde había ido a parar esa cara que sonreía desde las paredes de todas las calles de la comarca. La guardia civil ya había preguntado varias veces a todo el mundo. No era un pueblo muy grande, así que terminaron pronto. De forma oficial, nadie sabía nada. O preferían no saber. Pero entre cuchicheos todos los vecinos compartían sus elucubraciones. Que si se había escapado porque era demasiado rarita para adaptarse al pueblo. Que si la tía de no sé quién escuchó una pelea en su casa, pero no era posible porque los padres estaban destrozados. Que si seguro que la pobre cría tenía mal de amores por haber apuntado demasiado alto. Que qué pena, con lo aplicada y educada que era… Que si seguro que había sido una chiquillada para llamar la atención. Ya volverá. «Que en este pueblo no hay mala gente, nunca ha pasado nada. Ya volverá…»

Pero el paso de las hojas del calendario siempre consigue restar importancia a todos los asuntos. Y los rayos del sol, después de tanto gris, actuaron como una pócima revitalizante que comenzó a sacar de su letargo a todos los habitantes del pueblo. En especial a los jóvenes, que ansiaban el calor para ser libres y poder divertirse tras tantas semanas encerrados entre la tensión de los pasillos del instituto.

—¡Esta noche fiesta! ¡Botellón! ¡Música! Nos lo merecemos. Tenemos derecho a pasarlo bien y alejarnos aunque sea durante una noche de todas estas movidas.

Los demás no parecían muy convencidos, pero, si lo proponía él, era imposible negarse. Además, seguro que en el fondo tenía razón. Se lo merecían. ¿O no?

Aunque los restos de las lluvias todavía seguían presentes, lograron encontrar una zona cerca del río lo bastante seca para no acabar llenos de barro y lo bastante alejada del pueblo para que nadie pudiera quejarse o interrumpirlos. Sin apenas proponérselo, se habían organizado para, entre todos, llevar bebidas, unos altavoces y un móvil con gigas ilimitados para poner una lista de reproducción que durase hasta que volviera a salir el sol la mañana siguiente. Querían celebrarlo con él. Les parecía apropiado darle la bienvenida porque le habían echado de menos y porque el verano que estaba a punto de traer con él las vacaciones haría que por fin pudieran olvidarlo todo.

El alcohol y la música empezaron a correr por entre los árboles del valle. Los bailes, las risas y los besos llenaron los espacios que solo unas semanas antes habían estado plagados del eco de decenas de pasos inseguros y voces que gritaban un mismo nombre sin obtener respuesta.

Un poco más allá, en el cauce del río, el agua parecía haber ralentizado su imparable carrera. Era casi media noche y la luna se reflejaba en la superficie como si estuviera a punto de sumergirse hasta el fondo para reunirse con ellas. No era la primera vez que se encontraban, ya eran viejas amigas, pues esa era la hora a la que acostumbraban a salir a bailar casi cada noche, bañadas por sus rayos de luz plateada.

Pero esa noche era distinta. Era especial. Había estado esperando la oportunidad casi desde el momento en el que le explicaron qué hacía allí, cómo había llegado hasta el fondo del río. Era su turno de bailar sola. Tras despedirse de sus hermanas por si todo salía bien y no volvía a verlas, comenzó a nadar hacia arriba, donde la esperaba la luna. Sin prisa, salió del agua y comenzó a caminar despacio por la tierra blanda de la ribera. Su largo cabello rubio se derramaba en una cascada de ondas por su espalda, completamente seco y salpicado por mechas de color turquesa, casi del mismo color que su largo vestido de seda, que arrastraba por el suelo entonando un ligero frufrú.

Sus pasos lívidos siguieron el sonido de la música, de las carcajadas que le resultaban dolorosamente familiares. Antes, no sabía hacía cuánto, solían lanzárselas a ella a través de los pasillos del instituto hasta aguijonearle cada centímetro de la piel. No tardó en localizarlos. Cuerpos que se bambolean a destiempo, que se enredan unos con otros, que desprendían olor a alcohol, sudor y libertad.

Sus pupilas verdes refulgieron como dos hogueras en cuanto lo vio. En el centro, como siempre. No le cabía duda de que él había sido el organizador de la fiesta. Siempre el líder, el que llevaba a rebufo a todos los demás, el que decidía el destino de los que se le cruzaban por delante. El que elegía quién merecía sufrir y quién ser parte de su privilegiada pandilla.

En su anterior vida, ni se le hubiera pasado por la cabeza mostrarse. Se habría quedado escondida en un rincón, procurando no llamar la atención a no ser que él la reclamase. Porque le creía. Porque le quería. Y llegó a pensar que él también estaba interesado en ella y que podría conseguir que correspondiera sus sentimientos. Pero eso era antes. Hacía… ¿cuánto? Había perdido la cuenta. Pero en ese momento caminaba sin vacilar, acariciando el suelo con el borde de su vestido que permanecía intacto a pesar del barro.

Él tardó en verla, todos estaban demasiado ocupados como para darse cuenta de la recién llegada. Pero una vez que posó sus ojos sobre ella, ya no pudo retirarlos. Ni él, ni nadie. Pero él la había visto primero y su sonrisa de medio lado ya la estaba reclamando como suya. Ella supo en el primer instante que ni siquiera la había reconocido, aunque durante un instante murmuró que quizá le sonaba de algo, pero que no era posible, porque jamás se habría permitido olvidar a una mujer tan bella. Sabía que había cambiado, pero ¿tanto? Porque había pasado el mismo tiempo para los dos y ella sí se acordaba de él. A la perfección. Recordaba sus manos colándose entre su ropa sin permiso en los pasillos del instituto, los mensajes que le enviaba por las tardes con propuestas nada decentes, sus labios y las mentiras que le susurraba al oído para después reírse con sus colegas, para acuchillarla con supuestas bromas que a ella solo le provocaban dolor.

Sin decirle nada, le dedicó una sonrisa fulminante, seductora, dulce, inocente… y él terminó de caer en sus redes. Esta vez era ella quien le estaba atrapando entre su tela de araña y esperaba que no pudiera escapar. Bailaron. Cada vez más despacio, cada vez más juntos. Hasta que sus cuerpos estuvieron a punto de fundirse en uno solo y entonces supo que había llegado el momento.

En su interior, deseaba poder vengarse de todos. Y bien sabía que hubiera podido hacerlo sin mucha dificultad. Pero no. Ella no era como él. No quería ser como él. Él siempre fue el líder de todo. El que la señaló con un dedo silencioso. Y al que todos siguieron para evitar convertirse en las siguientes víctimas. Si el desaparecía, nadie volvería a sufrir por su crueldad. Así que le tomó con cuidado de la camiseta y tiró. Él la siguió sin oponer resistencia, mientras los demás chicos le vitoreaban. Como siempre. Lo había visto tantas veces…

Sus hermanas rusalcas le habían advertido que quizá no era el mejor día, no con tantos testigos que podrían poner en riesgo su existencia. Pero a la vez, ellas mismas sabían que no podría esperar más, que no querría perder más tiempo. Así que se habían ofrecido a ayudarla sin esperar nada a cambio, aunque al final había decidido hacerlo sola. Nunca había tenido muchos amigos. En un pueblo tan pequeño, cuando el más popular del instituto decide señalarte como el blanco de las burlas, es muy complicado que alguien te vea de otro modo. Pero con ellas era diferente. Tenían cosas en común: todas, las siete, habían muerto en ese río o en sus inmediaciones, tras ser maltratadas, ultrajadas y mancilladas de mil formas diferentes. Y todas necesitaban la venganza como modo de redención. Muchas de ellas, por desgracia, no la lograrían jamás y quedarían atrapadas en las profundidades para recibir a las siguientes y acogerlas como nuevas hermanas entre las aguas.

Pero ella no. Ella iba a marcharse.

Escuchaba sus carcajadas excitadas y sus palabras pegajosas mientras seguía conduciéndolo hacia su destino. Cuando llegaron a la ribera, notó que él se detenía, quizá sopesando la conveniencia del lugar para lo que pretendía hacer con ella. Ella se volvió, mientras parpadeaba de manera exagerada para que sus pupilas verdes parecieran iluminar todo el lugar. Después, se introdujo en el río. Su vestido de seda empezó a pegarse a su cuerpo blanco y él fue incapaz de resistirse a esa visión. Dudó un momento, pero sus instintos y el alcohol que corría por sus venas le apremiaron a ir tras ella.

Entonces, todas sus hermanas estaban de repente allí. A su alrededor. Sonriendo mientras él se hundía, mientras sus súplicas de auxilio se humedecían y sus pulmones se encharcaban. Las rusalcas se miraban unas a otras complacidas, mientras, quizá, soñaban con ser las próximas en vengarse para poder por fin escapar, para liberarse y que su espíritu pudiera abandonar ese extraño limbo en el que se encontraban.

En el mismo instante en el que él ahogó su último suspiro, un extraño cosquilleo empezó a acariciarla a ella por dentro. Era raro. Ni siquiera era capaz de decir si resultaba o no agradable. Quizá la palabra era… burbujeante. Como esa golosina que explotaba al metérsela en la boca y que solía comer los viernes por la tarde al salir del colegio, como premio a haber resistido una dura semana más. Solo que, estaba vez, la sensación comenzó en el estómago y se fue expandiendo por todo su cuerpo.

Y, de repente, ya no estaba allí.

De pronto lo veía todo desde arriba. Como si ya no formase parte de la escena más que como una mera espectadora.

Mientras ascendía, todo lo que sucedió regresó a su cabeza. Las humillaciones. El sufrimiento constante. Las miradas reprobatorias. La injusta culpabilidad que le habían introducido en el cuerpo con un embudo… Y la decisión final. La convicción de que debía acabar con todo de una vez. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Días? ¿Semanas? No lo sabía. Quería despedirse de sus hermanas, pero ya no le salía la voz.

Si hubiera habido alguien más allí, habría visto cómo en el río se formaba una especie de bruma que comenzaba a subir lentamente hacia el cielo, hasta desaparecer al fundirse con las nubes. También vería el cadáver de una chica con marcas de cortes en los brazos, los párpados cerrados, la piel cetrina y los labios amoratados. La misma adolescente que les sonreía día y noche desde los carteles de las calles del pueblo.

Solo unas cuantas horas más tarde, un anciano del lugar, que paseaba con sus perros, dio la voz de alarma. Tras semanas de angustia y búsqueda infructuosa, el misterio se había resuelto. La chica desaparecida había aparecido muerta, en uno de los lugares más recónditos de la ribera del río, bajo unos espesos matorrales. La autopsia dijo que una cantidad letal de un medicamento todavía se arrastraba por sus venas. «Pobrecilla. Era tan rara… Quizá sea mejor así. Nunca llegó a adaptarse al pueblo. Quizá ahora por fin descansa».

Ese día siempre será recordado por los habitantes del pueblo como uno de los peores de su historia, pues, unos cuantos metros más allá, fue también localizado el cadáver de otro chico del pueblo, uno al que todos querían, que era amigo de todo el mundo y siempre sonreía. La guardia civil echó la culpa al exceso de alcohol y la subida del nivel del río a causa de las lluvias. Los vecinos lloraron su pérdida durante días y se lamentaban a voz en grito cada vez que se acordaban de la tragedia. «¡Una desgracia! ¡Qué gran pérdida! ¡La vida es injusta! ¡Tenía toda la vida por delante! ¡Siempre se van los mejores!». Todos decían conocerlo bien, aunque ninguno de ellos sabía quién era de verdad.

Lo que nadie vio jamás fueron esas mujeres que, ocultas bajo el agua, miraban hacia la superficie y sonreían a la lejana luna para hacerle un último homenaje a su hermana que, por fin, había logrado vengar su muerte y tomar de la mano a la libertad.

¿Quién sería la siguiente?

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