Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión…

Los rayos de luz se filtraron a través de sus párpados y, por fin, se atrevió a despegarlos. Sin decidirse aún a mover el cuerpo, desplazó únicamente los ojos para mirar disimuladamente sus nudillos, que se habían teñido de color blanco por la fuerza que sus dedos imprimían al sujetarse al reposabrazos. Aflojó la presión que ejercía involuntariamente sobre su mandíbula y tomó una bocanada de aire que hinchó de alivio sus pulmones. El pánico que le provocaba el momento del despegue había pasado. Estaban vivos; sanos y salvos. O, al menos, eso quería creer…

Microrrelato escrito para el Concurso Internacional de Microrrelatos Prisa Radio. La primera frase tenía que ser la última del libro El héroe discreto de Mario Vargas Llosa.

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *