Caminaba despacio, intentando disfrutar de cada uno de sus pasos y observando alrededor, pidiendo a su memoria que evocara el aspecto que tenían las calles tan solo un año atrás. Aquella era la primera vez que la ciudad de Barcelona no celebraba el día de San Jordi como lo llevaba haciendo durante décadas. La fiesta había pasado a denominarse e-San Jordi: las firmas de los autores en las casetas que inundaban las calles y las actividades culturales en librerías habían dejado paso a encuentros digitales con escritores o talleres literarios online a través de internet. Aquel año, las calles no mostraban ningún signo de que se trataba de una fecha señalada; no había aglomeraciones de gente ni se sentía el olor a libro en el aire.

Las cosas habían cambiado mucho en tan solo un año y, aunque no tenía más remedio que acostumbrarse, estaba decidido a hacer cada veintitrés de abril su humilde homenaje al San Jordi tradicional.

Se había bajado del Metro en la estación de Drassenes y había recorrido el bulevar de las Ramblas dejando a Colón y el mar a su espalda. Atravesó la Plaza de Catalunya y continuó avanzando por la Rambla hasta toparse con la Diagonal, la enorme avenida que divide la ciudad en dos. Giró a la derecha y volvió a bajar por el Paseo de Gracia.

El ligero viento de primavera le acariciaba la cara y, a cada paso, su mente dibujaba las imágenes de las casetas de libros y flores que habían ocupado esas calles tantas veces. Desde que tenía memoria, cada veintitrés de abril realizaba ese mismo recorrido, embargado por la emoción de sentirse rodeado por tanta gente movida por la literatura. Durante los primeros años salía de la mano de sus padres, que le permitían elegir el libro que más le gustara para llevarse a casa. Después comenzó a salir solo o acompañado de amigos, recorriendo cada caseta para, al final de la jornada, regresar a casa con la mochila llena de libros firmados por algunos de sus escritores favoritos. Incluso recordaba la rosa roja que le había regalado a su primera novia cuando solo tenía quince años… Pero ahora echaba de menos sentir todas esas sensaciones y tenía que conformarse con los sentimientos que despertaban sus recuerdos.

Se detuvo junto al monumento al libro, situado en la intersección del Paseo de Gracia con la Gran Vía, y repasó los nombres de los escritores plasmados en las placas plateadas. Después se sentó sobre la peana de la escultura y sacó su tableta de la funda que había llevado bajo el brazo todo el tiempo. Abrió la aplicación correspondiente y continuó leyendo por dónde lo había dejado la noche anterior: se trataba de una novela policiaca en la que además había una historia de amor llena de misterio.

Las letras le atraparon al momento y tan abstraído estaba con la lectura que no se percató de que una muchacha se había sentado a escasos centímetros de él, hasta que la escuchó sollozar. Levantó la vista disimuladamente y comprobó que se trataba de una chica más o menos de su edad: una larga melena castaña caía en cascada sobre sus hombros de la misma manera que las lágrimas saladas rodaban por su rostro. Con ojos enrojecidos escudriñaba la pantalla extragrande del teléfono móvil que sostenía entre sus manos. Llevaba las uñas pintadas de blanco con una cruz roja dibujada en el centro.

Abusando de la poca distancia que los separaba, siguió observándola y se dio cuenta de que estaba consultando Twitter. Agudizó un poco más la vista para averiguar el nombre que ella utilizaba en la red social: Titania, como la reina de las hadas de Sueño de una noche de verano. También se fijó en que releía una y otra vez los mensajes de un chico que en su fotografía de perfil mostraba su cuello con un dragón de colores tatuado. Llegó incluso a leer algunos de los mensajes que estaban provocando las lágrimas de la chica. Eran tan desagradables… ¿Cómo podía un hombre tratar de ese modo a una mujer? Ninguna joven debería derramar lágrimas por ese maleducado…

De pronto, ella guardó el móvil en el bolsillo de su pantalón vaquero y sacó del bolso un librito viejo y desgastado. Las páginas estaban amarillentas y la cubierta presentaba las mismas arrugas que surcan los rostros de las personas ancianas. Lo acarició con cuidado con las yemas de sus dedos. Era Sueño de una noche de verano de William Shakespeare y tenía un lazo rojo atado alrededor. «Probablemente lo tenía preparado para regalárselo al chico del dragón. Pobrecilla», pensó él. Y entonces, se le ocurrió una idea brillante.

Cerró la aplicación de lectura de su tableta y sacó de la funda del aparato un lápiz digital. Tras tomarse unos segundos para pensar, comenzó a dibujar sobre la pantalla. Cuando dio por finalizada su obra, abrió su cuenta de Twitter y escribió un breve mensaje. Adjuntó el dibujo que acababa de hacer y le dio a enviar.

El teléfono de la muchacha emitió un pitido que avisaba de la recepción de una nueva mención en la red social. Lo abrió y dibujó una mueca de contrariedad. Amplió la fotografía del remitente y comprobó que efectivamente no le conocía. Durante unos minutos trató de comprender quién era aquel desconocido que le había enviado un precioso dibujo de una rosa roja. Finalmente llegó a la conclusión de que se habría equivocado. Suspiró y guardó el libro y el teléfono en su bolso, dispuesta a marcharse. Sin embargo, al levantar la vista, se sorprendió al darse cuenta de que su caballero misterioso estaba sentado justo a su lado, bajo la escultura del gran libro. No pudo evitar sonreír mientras se secaba las lágrimas y se mordió tímidamente el labio. Después se acercó un poco más a él y le tendió Sueño de una noche de verano.

Él sonrió agradecido y emocionado. Igual que había hecho San Jorge, acababa de salvar a la princesa del dragón…

[Relato escrito en 2014 y seleccionado en el concurso «Un Sant Jordi digital»]

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