Noventa años. Nueve décadas. Miles de días con sus miles de noches. Si no se lo hubieran estado repitiendo a cada momento durante las últimas semanas, Jackie habría vuelto a perder la cuenta de su edad una vez más. La memoria no perdona a nadie y el peaje a pagar por cada nueva jornada que le concedían sobre la Tierra parecía ser un breve recuerdo de su pasado que se esfumaba para quizá no regresar jamás.

Habían pasado ya tres días desde la fiesta y todavía no había logrado recuperarse del todo. Entendía el afán de sus sobrinos por aprovechar cada segundo con ella por si resultase ser el último, pero parecían haber olvidado que Jackie no estaba ya para semejante ajetreo. Notaba las piernas cansadas y la cabeza un tanto embotada, pero de todos modos no les reprochaba nada en absoluto. Había sido una fiesta maravillosa. SU fiesta. ¿Quién iba a pensar que, con su amplia experiencia en la vida, todavía serían capaces de sorprenderla? Pero lo cierto es que sus sobrinos lo habían conseguido; se habían esforzado de verdad por organizar algo especial para celebrar una fecha tan señalada y el resultado había sido la fiesta de cumpleaños más fantástica que Jackie podría haber imaginado. La decoración llena de colores cubría el jardín de la casa de campo de la familia, la lista de invitados incluía a todas las personas a las que Jackie quería y su música preferida brotaba directamente de los dedos de un jovencísimo pianista. Solo le había faltado una cosa para ser perfecta. Pero la perfección rara vez existe y es importante no atormentarse con su ausencia.

Jackie estaba sentada en una silla del salón de la casa en la que vivía sola, tratando de rememorar cada detalle de la fiesta, cuando el timbre de la puerta sonó tres veces. Ni siquiera hizo ademán de levantarse; sabía que esa era la contraseña para avisarla de que alguno de sus familiares iba a entrar utilizando su propia llave. Un instante después, Ben, el hijo pequeño de su sobrino más joven apareció por el pasillo, agitando un sobre que llevaba en la mano.

—¡Hola, tía Jackie! —saludó el niño, con su habitual entusiasmo—. Papá me ha dejado en el portal y me ha dicho que vendrá dentro de un rato porque tenía que hacer primero unos recados. ¡Traigo las fotos del cumpleaños! Las he imprimido todas para que las puedas tener y mirar todas las veces que quieras.

La mujer apartó de la mesa la silla que tenía más cerca e invitó al pequeño a que se sentase. Juntos empezaron a ver las fotografías. Los ojos de Jackie ya no eran tan hábiles como durante su juventud e incluso con las gafas de lectura le costaba reconocer las caras de las personas que aparecían en los retratos. De todas formas, Ben describía cada imagen en voz alta a medida que las iba pasando, señalando los detalles que le hacían gracia o le llamaban la atención, como la expresión de la cara de alguien o un pedazo de tarta manchando una barbilla.

—¡Mira, tía Jackie! Esta la hice yo. ¡Soy un fotógrafo genial! —exclamó, escrutando cada centímetro de la fotografía que ahora sostenía con cuidado entre dos dedos—. Pero… oye… ¿quién es la señora que te está agarrando del brazo? No me acuerdo de ella. No me pareció verla en la fiesta.

Jackie tomó la lupa que siempre descansaba sobre la mesa y la posó encima de la instantánea. La miró y remiró durante un rato larguísimo, forzando sus gastados ojos y suplicando a su anciano cerebro que dejara de jugar con ella. Las bromas nunca le habían gustado.

—¿La conoces? —Insistió Ben, acercando su nariz a la lupa.

Jackie miró al niño perpleja. Entonces, una serie de escenas comenzaron a pasear por su mente como una película antigua, mientras una lágrima caía desde sus ojos azules y recorría cada arruga de su mejilla.

Jackie siempre había sido una mujer independiente, fuerte y bastante cabezota. Durante su juventud, había recorrido la mayor parte del mundo y nunca había mostrado intención alguna de casarse, a pesar de que no le habían faltado los pretendientes. Le gustaba vivir sola y la única compañía que admitió a lo largo de su vida fue la de una amiga con la que compartió piso durante unos cuantos años. No es que fuera una mujer huraña, simplemente le gustaba saber que podía valerse por sí misma y a eso era a lo que se agarraban sus sobrinos cuando comentaban sorprendidos lo fantástico que era que con noventa años todavía pudiera vivir sola y apañarse para hacer la mayor parte de las tareas cotidianas sin necesitar ayuda. Todos bromeaban con el asunto, pero, ocultos tras sus sonrisas, vivían esperando el fatídico momento en el que sus teléfonos sonasen para avisar de algún terrible accidente en la casa de su tía.

Jakie solía seguirles el juego y se mostraba antes ellos orgullosa de su total autonomía. Lo que no les contaba era que a veces a ella misma le extrañaba ser capaz de caminar por la calle con la sola ayuda de un bastón, cuando era consciente de que su cuerpo ya andaba escaso de fuerzas. Tampoco les había hablado de que nunca se le olvidaba apagar el fuego después de cocinar, aunque en varias ocasiones un ligero olor a quemado invadía la casa durante unos minutos. O de cómo las horquillas encajaban con facilidad cuando se recogía el pelo gris en un moño, a pesar de que sus dedos se habían vuelto torpes. O esas veces en las que un plato o vaso resbalaba de sus manos temblorosas con tan buena puntería que la alfombra evitaba que se hiciera añicos. O cuando por las mañanas le costaba levantarse de la cama, pero le parecía notar como si una mano invisible le facilitara los movimientos. O de todas esas ocasiones en las que se angustiaba por no recordar dónde había dejado las gafas o el bolígrafo y misteriosamente aparecían al rato encima de la mesa.

Nunca les había hablado de todas esas cosas porque no quería que nadie invadiera su casa. O que se la llevasen de allí y lo perdiera todo. Pero ahora la certeza de que lo que sentía era real había caído sobre ella como un arcoíris que se derrama sobre un lago de aguas cristalinas para teñirlas de colores.

—¿Por qué lloras? ¿No te gusta la foto?

La vocecilla de Ben hizo que Jackie regresara al presente. Se levantó con mucho menos esfuerzo del que sería normal para sus rodillas atacadas por la artrosis y se encaminó por el pasillo despacio, pero con seguridad, sabiendo que de verdad alguien la sostenía a cada paso que daba. El niño dudó si acompañarla, pero al final optó por esperarla allí, mientras examinaba la fotografía en busca de lo que había puesto tan triste a la anciana.

Un largo rato después. Jackie regresó trayendo consigo una fotografía pequeña y desgastada que le entregó a Ben en cuanto volvió a sentarse. Allí estaba la misma mujer, pero mucho más joven. El niño le dio la vuelta y leyó la dedicatoria que había escrita por detrás, con caligrafía alargada y elegante:

«A mi querida Jackie, nunca dejaré de cuidarte. Tuya siempre, Louisa.»

—¡Es ella! —exclamó Ben—. ¿Es tu amiga? ¿Por qué no me la presentaste? ¿Ya no soy tu sobrino favorito?

Jackie acarició el cabello rubio de Ben y trago saliva. Sus labios agrietados temblaban más de la cuenta cuando volvió a hablar.

—Louisa murió hace más de diez años, cariño.

Ben abrió la boca unas cuantas veces antes de que le salieran las palabras. Pero no parecía en absoluto asustado, sino más bien curioso y entusiasmado.

—Pero, tía Jackie… La foto… ¿Es ella un fantasma? —aventuró, mientras miraba hacia todos los lados en busca del espectro.

—Nos prometimos cuidarnos para siempre —explicó Jackie—. Así que supongo que de algún modo ha conseguido quedarse aquí para cumplir su promesa. Ha debido de estar ayudándome durante todo este tiempo. En cierto sentido yo ya lo sabía, pero era demasiado cobarde para creer que era verdad.

—Pero ahora sabemos que es verdad. ¿Está aquí con nosotros?

Ben agitaba los brazos en el aire como si quisiera agarrarle la mano a la vieja amiga de su tía. Jackie no necesitó pasear los ojos por el salón. Sabía que no vería nada. Pero también sabía que los abrazos que notaba por las noches antes de dormir no eran solo viejos recuerdos. Y por si todavía necesitase una confirmación más, el piano de la habitación de al lado comenzó a emitir una preciosa melodía que hubiera reconocido en cualquier lugar. Ben también la oyó y miró a su tía con los ojos muy abiertos.

—Nuestra canción —contestó ella a su pregunta silenciosa—. ¿Me guardarás el secreto?

El niño dijo que sí con la cabeza. Después, se levantó de la silla y le tendió la mano a la anciana. La acompañó hasta la habitación donde estaba el piano y juntos bailaron despacio al ritmo de esas notas que Jackie se sabía de memoria, mientras las teclas blancas y negras se balanceaban al mismo compás.

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *