—Ya soy mayor.

¿Cuántas veces habría pronunciado aquella frase durante su corta vida? Cuando cogió la cuchara por primera vez sin ser consciente de su peso y la hundió en el plato con tanta torpeza que salpicó la pared con las manchas anaranjadas que todavía se intuían sobre el gotelé que un día fue blanco. Cuando intentó utilizar el «orinal de mayores» a pesar de que por su altura le resultaba imposible y terminó por teñir de amarillo el suelo del cuarto de baño. Cuando se puso un calcetín rojo en el pie derecho y uno verde en el izquierdo para ir a la guardería. Cuando le sorprendieron con toda la cara embadurnada de crema de manos porque quería «hacer como papá». Cuando se hizo aquellas heridas tan feas en la rodilla y el codo mientras probaba a montar en bicicleta sin ponerle las ruedecitas. Cuando llamó sin querer a un restaurante de comida tailandesa intentando telefonear a la abuela para contarle que se le había caído un diente.

Todas aquellas y otras tantas veces, esa frase saliendo de sus labios había provocado una amplia sonrisa en los adultos que le rodeaban. Incluso, en ocasiones, se reían y comentaban lo adorable que resultaba su pequeño hombrecito y lo increíble que parecía que el tiempo corriese tan deprisa.

Sin embargo, en esta ocasión, todo era diferente. Las mismas tres palabras. Mucho mejor pronunciadas que las primeras veces pero compuestas por las mismas sílabas, por las mismas letras… y con un significado tan diferente…

—Pero, cariño… ¿estás seguro?

Él asintió con la cabeza mientras apretaba con fuerza entre sus dedos una figura de goma con forma de sirena. Las aletas de color morado del juguete se le clavaban en sus pequeños dedos haciéndole daño, pero no le importaba. En realidad, no era capaz de soltarla todavía.

Cerró los ojos un momento porque no quería llorar. Ya era mayor para eso. Y, además, los chicos no lloran. Cuando los volvió a abrir echó un último vistazo a la sirena y la lanzó al interior de la caja de zapatos que le había dado su madre un rato antes, cuando se la pidió sin querer explicarle para qué la iba a utilizar.

La mujer no podía esconder su sorpresa. Se sentía desconcertada. Conocía a su hijo, sabía cuánta imaginación tenía y lo hábil que era para hacer manualidades, así que ni por un segundo había dudado que la caja acabaría convertida en cualquier cosa maravillosa: una nave espacial, un cofre del tesoro o quizás una nevera de juguete. Pero jamás, jamás, jamás se le podría haber pasado por la cabeza que fuera a emplearla como ataúd de sus juguetes preferidos.

—Pero… ¿ha pasado algo en el cole? ¿Alguien te ha dicho algo? —insistió, acuclillándose en el suelo junto a su pequeño.

Él movió la cabeza sutilmente a ambos lados. Después, repitió una vez más su argumento de defensa: «Ya soy mayor».

—Déjalo, mujer. Ya no quiere jugar con esos muñecos. Es normal. Se ha cansado de ellos. Está creciendo y ahora le gustan otras cosas: cosas de chico. ¿A que sí? —Añadió el hombre de la casa, que hasta el momento había estado observando la escena apoyado en el marco de la puerta.

Pero lo cierto es que Aitor no era tan mayor como quería aparentar. Ni mucho menos. Con sus enormes ojos marrones y su pelo claro peinado de punta, daba la imagen exacta que le correspondía a sus siete años. Pero, por desgracia, durante las últimas semanas, le habían obligado a que su interior creciera a mucha más velocidad de lo que indicaban las anotaciones que sus padres hacían cada mes en el metro que había colgado detrás de la puerta de su habitación.


A Aitor nunca le había gustado mucho jugar a la pelota, ni echar carreras para decidir quién era el más rápido de todo el universo, ni sacar los brazos de las mangas del babi dejando sólo abrochado el botón de más arriba para convertirse en Superman, ni tampoco emular combates de lucha libre de esos que el padre de Jaime veía los sábados a mediodía en la televisión.

En lugar de eso, prefería pasar los recreos sentado en el suelo del patio, junto al escalón de la puerta que conducía al gimnasio, de espaldas a todo el jaleo que montaban sus compañeros. Ese era el mejor sitio porque estaba lo suficientemente cerca como para escuchar los comentarios de los partidos de fútbol y poder participar dando su opinión de vez en cuando, pero lo bastante alejado de las porterías para evitar que un balón desviado le golpeara en la cabeza o, lo que era aún peor, le estropeara el juego. Una vez acomodado, desenvolvía el sándwich que su madre metía en su mochila cada mañana; doblaba con meticulosidad el papel de plata y lo sujetaba con una sola mano. Mientras se lo comía con pequeños mordiscos, introducía la mano libre una y otra vez en el bolsillo del babi y sacaba sus figuritas de goma para colocarlas despacio sobre el escalón.

Y a partir de ese momento, el patio del colegio desaparecía e incluso él casi dejaba de ser real. Sus figuritas cobraban vida y cada día protagonizaban una historia diferente. A veces el poni rosa sacaba a la sirena del mar para llevársela al mago y que así pudiera pedirle que le diera unas piernas. En otras ocasiones era la princesa del vestido verde la que rescataba al príncipe de las garras del oso salvaje. Algún día el perro blanco tenía que ayudar al marciano a volver a su planeta. Y a veces la serpiente se quedaba atrapada en un agujero del camino y el hada tenía que ayudarla a salir, volando con sus pequeñas alas de purpurina.

Jugar solo no era un problema para Aitor pero, aun así, muchos días, varias niñas de su clase se sentaban a su alrededor para compartir sus aventuras. Ellas solían traer sus propios muñecos y así nunca se aburrían. Y si alguien olvidaba llevar al colegio su juguete, Aitor siempre disponía de alguno de sobra para prestarle.

Cada recreo era diferente, pues cada día las figuritas de goma, manejadas por los dedos regordetes de Aitor y sus amigas, representaban una nueva función. Lo pasaban bien, reían a carcajadas o se ponían serios cuando las circunstancias lo requerían pero, ante todo, se divertían muchísimo.

Hasta ese fatídico día en el que, sin saber muy bien por qué, todo cambió.

El príncipe, que todavía seguía siendo un pobre esclavo de la reina gordinflona, cabalgaba a lomos del dinosaurio que había sacado Marta de su bolsillo esa mañana. Estaban huyendo del pájaro de fuego que les perseguía porque debía capturarlo y llevárselo a la reina para que volviera a ser su jefa. Y justo, justo en el instante en el que estaba a punto de alcanzarlos, un meteorito enorme cayó encima de ellos y todo saltó por los aires.

—¡Qué brutos! —protestó Marta.

Un momento después, un niño que iba a un curso más adelantado que ellos llegó corriendo hasta donde estaban, tomó el balón que había sembrado el caos y salió a toda prisa de nuevo en dirección contraria hacia el campo de futbol. Sin embargo, antes de llegar a donde le estaban esperando para retomar el partido, se giró sobre sus talones y regresó al lugar en el que Aitor y sus amigas se afanaban por volver a colocar las figuras en su sitio para así poder continuar con el juego. Se paró junto a ellos y los observó durante un momento sin decir nada. Su sombra caía sobre el grupo de niños, como un sutil aviso de lo que iba a pasar a continuación.

—¿Eres mariquita o qué? —escupió finalmente ante la expresión desconcertada del rostro de Aitor.

—Me llamo Aitor —respondió él desde el suelo, mirando hacia arriba en busca de la cara de su repentino agresor.

—Esos son juguetes de niñas pequeñas. Mi prima de dos años tiene esas mismas muñecas. Eres un bebé.

Aquellas frases despertaron algunas tímidas carcajadas entre los espectadores que se habían arremolinado de repente alrededor de ellos para ver qué pasaba.

—No soy ningún bebé. Solo voy un curso más atrás que tú…

—Pues entonces eres un mariquita.

Los murmullos que rodeaban la escena empezaban a subir de volumen. Algunos comenzaban a aportar, no sin un cierto temor, sus propias bromas sobre el hecho de que un niño de siete años estuviera jugando a las muñecas con un montón de niñas. Otros se limitaban a reír. Y la mayoría simplemente callaban y observaban, sin ser capaces de decidir qué era lo que debían hacer.

En ese momento, el timbre que anunciaba el final del tiempo del recreo ahogó la desagradable discusión. Pero aquello no fue más que el principio del final.


Después de aquel triste acontecimiento, el mundo que rodeaba a Aitor pareció cambiar; era como si se hubiera transformado en algo mucho más oscuro, como si un puñado de nubarrones hubiera cubierto de pronto el sol. Sin embargo, él había intentado continuar como si no pasara nada. Porque le encantaba jugar con sus figuras, se divertía muchísimo inventando historias junto a sus amigas y no comprendía por qué debía dejar de hacerlo. ¿Acaso era algo tan malo? ¿De verdad se estaba comportando de una manera que no debía? A él casi nunca le tenían que regañar los profesores, como mucho alguna vez por estar un poquito distraído durante alguna explicación… Y, desde luego, jamás le habían castigado sin salir al recreo. Entonces… ¿por qué de repente había pasado a ser el niño al que todo el mundo recriminaba su comportamiento?

Si algo estaba claro, era que no entendía muy bien qué había sucedido. Así que, durante unos días más, continuó con su vida con la esperanza de que sus compañeros se cansaran pronto de hacer esas bromas tan desagradables.

No obstante, aquella tarea no era tan fácil como podía parecer. Porque a Aitor no le gustaba cómo le miraban sus compañeros, ni esos nombres tan feos con los que le llamaban durante los recreos o incluso a veces en clase cuando la profesora se daba la vuelta. Tampoco le gustaba que le pusieran la zancadilla cuando subía la escalera hacia la clase, ni que de repente los que jugaban al fútbol hubieran empezado a tener muy mala puntería y los balones siempre acabasen impactando contra su espalda. Además, echaba de menos la cantidad de manos que solían mover las figuritas durante las partidas y detestaba haber tenido que buscar un nuevo sitio para jugar, porque el suelo del cuarto de baño estaba sucio y a veces mojado.


Así que, aquella mañana, mientras acariciaba el lomo de su zorro de goma, acuclillado sobre la tapa de uno de los váteres del baño del patio, había tomado la primera decisión importante de su vida y nada ni nadie podría impedir que la pusiera en marcha nada más llegar a su habitación después del colegio.

Las ganas vencieron a la paciencia y ni siquiera fue capaz de esperar a estar en casa para comenzar con su plan. Caminaba de la mano de su madre, mientras sostenía con la otra un bollo relleno de chocolate que no le apetecía mucho, y tras mucho pensarlo se atrevió a preguntarle si podría darle una caja vacía que no utilizase para nada. Su madre sonrió y le acarició el pelo, a la vez que le aseguraba que en cuanto llegasen buscaría en el armario alguna caja de zapatos, de esas que se acumulan con intención de mantener el calzado ordenado, pero que siempre terminan vacías y ocupando espacio.

Con sólo siete años, Aitor ya había aprendido una dura lección sobre crueldad, prejuicios y odio hacia aquel que osa no ser una copia exacta de todos los demás.


El estómago le dolía un poco mientras introducía en la caja la última figura de goma, que tenía forma de princesa vestida con un bonito traje de fiesta de color amarillo. A continuación, colocó despacio la tapa de cartón que dejaba a sus juguetes preferidos sumidos en una completa oscuridad. Con manos temblorosas empujó la caja debajo de la cama, hasta el fondo. Allí, tan lejos que ni siquiera la escoba fuera capaz de alcanzarla. Se sacudió una pelusa que se le había quedado pegada en la manga de la sudadera y echó a correr hacia el salón donde su padre veía un partido de fútbol con una cerveza en la mano.

—¿Quién está jugando, papá?

El hombre volvió muy despacio la cabeza hacia el niño y le observó con curiosidad. Por fin, tras siete años de larga espera, había llegado el momento que tanto había anhelado. Le hizo una señal para que se sentase a su lado y comenzó a explicarle todos los pormenores del partido que se estaba disputando.

Aitor tenía la vista fija en la pantalla y daba la sensación de estar muy atento a todo lo que su padre le contaba. Sin embargo, su mente había volado de vuelta hacia su habitación y se había escondido debajo de la cama. Y allí, a su lado, en la caja de cartón destartalada, descansa hoy también su niñez; esa época que nadie debería haber podido arrebatarle. Y es que una vez que se es mayor, ya nunca jamás se vuelve a ser pequeño.

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